Nací en un pueblo donde el fútbol profesional era un misterio maravilloso sostenido por la palabra, donde los más expresivos cristalizaban las leyendas

Pensaba escribir sobre las declaraciones de Ferran Torres tras el partido frente al Elche: “Hemos estado desacertados en algunas jugadas, pero valoro que volvemos a comernos el césped como la pasada temporada”. No me pareció que lo dicho tuviera relación con lo visto en el campo. Pero la declaración tuvo un eco que entusiasmó al barcelonismo. Pensé dos cosas. Primero: qué ganas de creer que tiene la ...

gente. Segundo: cuánto poder tienen las palabras.

En medio de la reflexión recibí una noticia que me llevó a la infancia. Nací en un pueblo donde el fútbol profesional era un misterio maravilloso sostenido por la palabra. La voz victoriosa de la radio que nos contaba los partidos, los periódicos y revistas deportivas que prolongaban las emociones, las efusivas conversaciones de café, donde los más expresivos cristalizaban las leyendas. Hubo jugadores que crecieron hasta hacerse mitológicos gracias a aquellos relatos que activaban mi imaginación. Uno de esos cracks falleció esta semana, se llamaba Daniel Willington. Nunca jugó un Mundial ni formó parte de ninguno de los cinco grandes del fútbol argentino. Pero inspiró mis sueños cuando el fútbol era una meta improbable y me pegó un susto de muerte cuando la alcancé.