Más de medio siglo después, un reencuentro sirve para revivir un inolvidable verano de la infancia
He vuelto a ver a mi prima Raquel, lo que no es un inicio de crónica muy prometedor a no ser que se tenga en cuenta que no nos veíamos desde hace más de medio siglo. A Raquel la recuerdo sobre todo como parte indisociable de uno de los veranos más importantes de mi vida, el largo -entonces las vacaciones duraban tres meses-
i-esteva-en-blanco-y-negro.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/cultura/2025-02-22/la-dorada-infancia-de-jordi-esteva-en-blanco-y-negro.html" data-link-track-dtm="">verano de 1969. Aquel verano sus padres dejaron una buena temporada a Raquel, que tenía 12 años como yo, en nuestra casa de vacaciones (segunda residencia se diría hoy) en Castelldefels. Era una casa muy bonita con un gran jardín, piscina y pista de tenis y que estaba en la montaña, algo lejos de la playa, a la que no íbamos casi nunca. El lugar era bastante aislado, en una época en que el pueblo de Castelldefels era muy pequeño, las casas de veraneo estaban separadas por pinedas y muchos de los caminos eran todavía de tierra.
El ciclo de la vida en aquella villeggiatura de ensueño lo determinaban actos como colgar las toallas mojadas y los bañadores en el tendedero, dormir largas siestas mientras el sol permanecía en lo alto del cielo como si no fuera a marcharse nunca, leer algún libro de Enid Blyton acodados en el césped junto a la piscina (que tenía un tobogán para zambullirse en ella, una virguería) o esperar encaramados en el muro de piedra del jardín a que pasara el heladero para reclamar con alborozo que entrara con su carga de camyjets, esquimales, camycrems y vasitos. Los adultos eran parte del decorado e interrelacionaban poco con nosotros, los niños, que vivíamos una existencia muy libre y en buena medida salvaje.






