Aunque no interactuamos con ellas, las personas con las que coincidimos repetidamente en el transporte público o en el barrio contribuyen a cierta sensación de pertenencia, una familiaridad que nos aporta estabilidad en entornos sobre todo urbanos
Cada mañana, en el transcurso del camino al trabajo o a otra cita, la rutina se repite: sales alrededor de la misma hora, te mueves por las mismas calles o usas las mismas líneas de transporte público. Y también puedes llegar a coincidir con las mismas personas: no sabes quiénes son, de dónde vienen...
ni a dónde van, pero siempre están ahí. Nunca has interactuado con ellas ni ellas contigo, pero, si no están, llegas a echarlas de menos.
El psicólogo social Stanley Milgram, famoso por su experimento sobre la obediencia, definió este fenómeno en 1972 bajo el nombre de familiar stranger (extraño familiar): para que una persona sea considerada de tal manera, debe ser vista de forma repetida a lo largo del tiempo, pero sin llegar a interactuar. Milgram determinó que esta forma de reconocimiento sin contacto está directamente relacionada con la sobrecarga de información urbana. En entornos que están saturados de estímulos constantes, las personas pueden llegar a reconocer mediante la mirada al extraño familiar, aunque evitan cualquier interacción posterior porque requiere más capacidad interactiva.






