¿Recuerdas la última vez que intentaste hablar con un desconocido? Cada día, la gente viaja en tren a las grandes ciudades y se sienta frente a frente sin hablarse. Desplazándose en autobús o metro por el centro, caminando por las aceras, en nuestras urbes pulula gente que parece intentar ignorarse. ¿Por qué estos agentes altamente sociales, con cerebros especialmente diseñados para conectar con los demás, a menudo encuentran razones para no hacerlo? Nicholas Epley, profesor de Ciencias del Comportamiento de la Universidad de Chicago, propone que hay una ironía, casi cruel, en el hecho de que muchas personas experimenten una intensa soledad sin buscar conectar con los demás. Y concluye: “Entablar conversación con un desconocido tiene consecuencias hedónicas bien documentadas, pues aumenta el estado de ánimo, el bienestar y la simpatía por el interlocutor. La gente suele subestimar lo mucho que lo disfrutará, lo bien que se sentirá conectada y que el desconocido apreciará su interacción”. El verano es la época perfecta para tratar gente nueva y participar en actividades que te permiten conectar con otros.
Hablar con desconocidos puede ser aterrador. La incertidumbre sobre cómo responderán y la posibilidad de que te rechacen pueden desalentarte. En un mundo marcado por divisiones políticas, sociales, raciales o de género, hablar con desconocidos es más que un estímulo temporal: abre la puerta a otras mentes. El mecanismo subyacente es polifacético. En esencia, se trata de un fenómeno psicológico en el que experimentamos una sensación de tranquilidad y apertura, a menudo derivada de la ausencia de consecuencias a largo plazo, la oportunidad de autoexploración y la novedad del encuentro. Y no hace falta decir que también activa nuestro sexto sentido o la conciencia de que no todos los encuentros tienen un final feliz.






