En los trenes la vida transcurre de otra manera. O mas bien se invierte. Somos trasportados suavemente, y por la ventana la vemos pasar: barrios, árboles, plazas, edificios, graffitis, autos, personas. Hasta el propio Borges lo refirió en uno de sus mejores cuentos, “El Sur”, haciendo que su personaje considere abandonar la lectura de Las mil y una noches para entregarse a las visiones desde la ventanilla: “A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios. La verdad es que Dahlmann leyó poco, la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran maravillosos, pero no mucho más que la mañana y el hecho de ser, Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.” Esta cita tiene una contundencia vital. Diría: férrea. Y sin embargo en la Argentina de los últimos tiempos no parece haber sido un transporte venerado, y menos aún tenido en cuenta su aspecto intercomunicador de nuestras privilegiadas y a veces duras extensiones. Han desaparecido estaciones; pueblos y ciudades quedaron desprovistos de uno de los menos contaminantes vehículos, tan bien dispuesto al desplazamiento infinito en sus vías paralelas. ¿No habría que retrazar sus alcances? ¿O una letra es lo que cambia todo, y el retraso es conveniente para los pocos de siempre?