Judt utilizaba los trenes como reflexión política sobre la calidad de los servicios públicos de un país y su garantía de cohesión social

Desde el martes a primera hora vivo entre mis recuerdos y para escribir esta columna he ido a buscar uno de los libros que me cambiaron la manera de pensar nuestra vida en común. Hacía años que no releía Algo va mal, del inglés Tony Judt, un breve y contundente alegato político de 2010. Uno de los historiadores que más admiro, obsesionado por el colapso que desembocó en la Segunda Guerra Mundial, interpretaba la crisis económica de 2008 como una amenaza para la libertad y la igualdad. ...

Pensando la modernidad y el siglo XX, advertía de que, si la socialdemocracia no se actualizaba, podría producirse un colapso democrático, porque el neoliberalismo dominante iría gangrenando la sociedad del bienestar fundada a través del consenso de posguerra. Sus temores, joder, se están cumpliendo.

Hay algo épico en el modo en el que el Judt intelectual dio su última batalla. En septiembre de 2008, supo que padecía ELA. Al cabo de un año tenía paralizado el cuerpo del cuello hasta los pies. Y en octubre, sentado en una silla de ruedas y conectado a un respirador, ironizó sobre su situación al dar una conferencia pública titulada ¿Qué está vivo y que está muerto en la socialdemocracia? Aquella noche, sin apenas fuerzas, con la lucidez de siempre, habló de trenes.