Sería bueno analizar con un poco de rigor qué pasa con nuestro servicio ferroviario. Hacerlo en los mismos días en que la rotura del cable de uno de sus icónicos funiculares
07/50-segundos-infernales-en-el-funicular-de-la-gloria.html" data-link-track-dtm="">ha causado una tragedia en Lisboa, fruto de la obsesión por recortar recursos públicos. El servicio de Cercanías en Cataluña es un ejemplo de funcionamiento anómalo que provoca desapego y fatiga. Las estaciones de tren empiezan a causar la misma angustia que nos atrapa cuando pisamos un aeropuerto. Sabemos por experiencia que a partir de ese momento nuestras certezas pueden ser quebradas a capricho. El horario previsto y la planificación quedan en el aire. Incluso el derecho al asiento que has pagado está sorteado por una ley de la sobreventa que garantiza a las compañías que no queden plazas vacías. Una de las más humillantes verdades del sistema es la de tener billete y, pese a ello, no tener derecho a volar. No hablemos ya de los rigores de la autogestión del billete ni mucho menos de las dimensiones de las maletas. No es raro ver a personas desesperadas por encajar sus pertenencias arrodilladas en el suelo frente al acceso a los túneles de embarque ni a disparatados seres montar un pollo porque no admiten que su maletón de mano no cabe ya físicamente en los altillos del avión. Y así una intemerata de signos que delatan que entrar en el mundo de la aviación comercial te obliga a renunciar a todas tus esperanzas.






