Empiezo a escribir cuando el macizo de las Gavarres lleva ya unas horas ardiendo. El incendio ha asomado en el vecindario de Sant Pol, al sur de la Bisbal, allí donde inicia la carretera de la Ganga, que conduce a Calonge, al mar. Es una carretera angosta y empinada, con muchas curvas, como todas las que cruzan el macizo. Antes, la gente decía que “el viento hace andar el fuego deprisa”. Puedo imaginar los lugares que las llamas calcinarán.Será un fuego terrorífico, inflamado por las tremendas temperaturas, la densidad de la vegetación alimentada por las lluvias del pasado invierno y la diabólica alianza entre la tramontana y la marinada. Todos los que amamos las Gavarres tenemos cada verano el corazón en un puño temiendo un incendio tan devastador como el que explicó Joaquim Ruyra, padre literario de Josep Pla, también conocido como nuestro “pequeño Tolstoi”, en las narraciones de Entre flames . En los días 22 y 23 de agosto de 1928, el fuego arrasó los bosques, masías y campos que había entre Fitor y Celrà, entre el valle de Sant Daniel y La Pera.Todos los que amamos las Gavarres tenemos cada verano el corazón en un puñoLas Gavarres no son parque natural, pero en los años de la transición, un movimiento de defensa logró detener varios proyectos de urbanización que, como en tantos otros lugares de la cordillera litoral, estaban a punto de convertir estos montes en dispersos y destructivos suburbios residenciales. Años después, la zona fue declarada Espacio de Interés Natural.En estos montes dulces y espesos que separan Girona del mar, en los que abunda el alcornoque, se originó la gran industria corchera, sin la cual el champán francés y el cava no existirían. Es una industria todavía importante (aunque el corcho se extrae ahora sobre todo de Portugal y Extremadura) y explica el cosmopolitismo histórico del Empordà, que en el s. XVIII exportaba por mar sus productos. Josep Pla es hijo de este mundo, así como la refinada cultura obrera de los “tapers”, fundamento del federalismo. David Borrat / EFEDiversos amigos me han enseñado a amar estos bosques. Joan Cals, de quien hablaba aquí mismo hace pocos días, autor de unas memorias interesantísimas, Desde la orilla del Daró , sobre la vida en la Bisbal de 1950 a 2010. El abogado y archivero Josep Matas, autor de las amenísimas Històries de les Gavarres , narraciones pobladas de ladrones, curas, campesinos, carboneros, propietarios o masoveros que se reúnen junto a los campanarios o trabajan en pozos de hielo, molinos, puentes u hornos de vidrio, protagonistas todos ellos de viejas historias reales que permiten entender cómo vivían y se relacionaban en tiempos pasados los habitantes de estos parajes. El escritor y editor Xavier Cortadellas ha rescatado las leyendas de estas montañas en El poble dels cent focs y ha situado en ellas una novela, La terra blanca , donde la visión rural de Víctor Català y la de Faulkner se abrazan, mientras las Gavarres sufren, no por el fuego, sino por la nieve.Ahora son montes mudos. Con formidable vida vegetal y animal, pero sin humanos. Todavía en los años de la posguerra, la vida rural y menestral era intensa, en las Gavarres, que fueron despoblándose entre los años 50 y 60 del siglo pasado. El fuego pasará muy cerca, quizá, de Sant Cebrià dels Alls, conocido también por Camós, un pueblo abandonado en la cima de la Ganga, o por Sant Cebrià de Lledó, más conocido como Els Metges, en la vertiente de Cruïlles.Ahora las Gavarres son frecuentadas por los ciclistas, que han rehecho los caminos y atajos y han abierto otros nuevos. Una verdadera legión de ciclistas de montaña o carretera. Las Gavarres no son altas pero sí muy onduladas, lo que, al parecer, es ideal para los entrenamientos incluso profesionales. Ello explica que se instalara en Girona el famoso Lance Amstrong, ganador despojado de muchos Tours, quien atrajo a otros profesionales, quienes, junto con la vía verde que rodea las Gavarres hasta el mar, han popularizado Girona como destino ciclista internacional.Si los antiguos fuegos eran catastróficos para payeses y menestrales que vivían en las Gavarres, el fuego de ahora pone en riesgo el extraño mundo actual en el que el ocio ha sustituido al trabajo. El incendio calcinará el presente y el pasado. Carbonizará el verde intenso y perenne de las Gavarres y dejará una negrura inconsolable.