Desde los años del milagro económico, Alemania nunca había encadenado siete años sin crecimiento; nunca la popularidad del canciller había sido tan baja como la de Friedrich Merz; nunca un partido de extrema derecha había liderado los sondeos. Los periodos de angustia y miedo al futuro —ese sentimiento existencial al que los alemanes dan el nombre de Angst— son cíclicos en este país, pero hoy este estado de ánimo se ve agravado por la conciencia del declive industrial y la dificultad para reubicarse en el mundo de Donald Trump, Vladímir Putin y Xi Jinping. La eliminación temprana y por sorpresa en el Mundial de fútbol, la semana pasada, fue para muchos la metáfora perfecta de esta pérdida de estatus global, como si los tiempos en los que Alemania fue campeona, en el deporte y en la economía o la fabricación de automóviles, fuesen cosa del pasado. La parálisis de la coalición del democristiano Merz con los socialdemócratas ante esta conjunción de crisis ha contribuido a alimentar el pesimismo generalizado y a la sensación de que los partidos de Gobierno y las instituciones democráticas se sienten impotentes para poner en marcha la locomotora europea.Pero no tiene por qué ser así, y el anuncio la semana pasada de 34 medidas para reactivar la economía envía al resto de Europa un mensaje necesario: pese a las dificultades, el Gobierno alemán no se ha resignado al inmovilismo. Las medidas incluyen una rebaja fiscal para las clases medias y trabajadoras y un aumento de impuestos para las rentas más altas. También prevén una liberalización del mercado laboral y cambios en el sistema de pensiones para introducir un sistema de ahorro privado; y, a largo plazo, elevar la edad de jubilación hasta los 70 años. Fruto de laboriosas negociaciones en la coalición y reflejo de una correlación de fuerzas en la que el centroizquierda es la parte débil, estas reformas quedan lejos de lo que a principios de siglo fue la Agenda 2010 del socialdemócrata Gerhard Schröder, y su aplicación dependerá del farragoso proceso legislativo alemán. Hay motivos para el escepticismo sobre el plan, pero su principal mérito es existir. Después de que Merz lograse tras su elección a principios de 2025 levantar el límite al gasto militar y pusiera en marcha el rearme más ambicioso en décadas, ha pasado un año casi en blanco, sin reformas de calado y entre dudas crecientes sobre la supervivencia de la coalición.El Gobierno de democristianos y socialdemócratas sobrevive, y al menos ha demostrado que está en condiciones de gobernar en un país que no se ha recuperado de los choques múltiples de la última década. Primero, la pérdida de la energía barata de Rusia. Segundo, el golpe para la industria exportadora por la agresiva competencia china, los aranceles de Trump y la pérdida de la carrera por la innovación. Tercero, la hostilidad de Estados Unidos, potencia protectora. A esto se añade una sociedad en la que no se han cerrado del todo las cicatrices de la reunificación tras la caída del Muro, y en la que, como en otras democracias occidentales, arraiga la certeza de que las próximas generaciones vivirán peor, crece la desconfianza en las instituciones y los partidos tradicionales, y avanza en algunos sectores el miedo a la inmigración. Todo eso es combustible para los extremistas y demagogos. Pero no es inevitable. La principal responsabilidad de democristianos y socialdemócratas es hoy impedir unidos que AfD llegue algún día al poder, y los acuerdos con medidas concretas para los ciudadanos son un primer paso. Alemania no está condenada a la inacción.