Seguramente el canciller alemán, Friedrich Merz, no se imaginaba que cumpliría un año en el puesto en medio de tensiones con su socio de Gobierno, los socialdemócratas, por el paquete de reformas que necesita el país urgentemente, y teniendo que capear también con una nueva crisis energética y el descontento del presidente estadounidense, Donald Trump, con quien hasta ahora siempre se había vanagloriado de mantener una relación cordial y de hablar con regularidad. Hace justo un año, el 6 de mayo de 2025, el líder conservador fue investido canciller alemán en el Parlamento tras las elecciones celebradas en febrero. Si se tiene en cuenta que fue elegido en segunda vuelta, esto podría ser visto ya como un anticipo de los tiempos que vendrían, ya que reflejó que el respaldo era limitado incluso dentro de su propia coalición. El Gobierno entre los conservadores —Unión Cristianodemócrata (CDU) y la Unión Cristianosocial (CSU)— y el Partido Socialdemócrata (SPD) se marcó grandes objetivos, entre ellos, gobernar de forma más armoniosa que la pasada coalición entre el SPD, Verdes y Liberales, que terminó atropelladamente antes de tiempo. Pero aún así, abordando unas reformas muy necesarias para un país que tras dos años de recesión económica y un pasado año de un crecimiento casi nulo, Alemania apenas espera un crecimiento del 0,5% este año debido a los efectos de la guerra en Irán. En su primera declaración de Gobierno tras asumir su cargo, Merz dijo a los alemanes que quería que ya en verano sintieran que en Alemania las cosas estaban “cambiando poco a poco para mejor, que se avanza”. Se proclamó precipitadamente el “otoño de las reformas”, que al final quedó en nada y las cuestiones centrales de la reforma se delegaron en comisiones: Estado del bienestar, sanidad, pensiones. Al final, el Gobierno se encuentra ahora bajo una gran presión, no solo por la crisis estructural y las tensiones internacionales, sino también por la dificultad para mostrar un frente común para modernizar el país y sanear las arcas sociales. Incluso el canciller duda de que su coalición esté a la altura de las tareas más allá de elevar el gasto en defensa para rearmar al país, en lo que sí parecen estar de acuerdo. A todo esto se suma el cierre del estrecho de Ormuz y la nueva crisis energética. Dentro de la coalición, hay dudas sobre los pasos a seguir. La filtración a la prensa de que Merz le había gritado a su socio de Gobierno y vicecanciller alemán, Lars Klingbeil, durante una reunión de crisis, acaparó la atención durante días. El líder socialdemócrata comentó posteriormente al ser preguntado sobre ello que si para defender sus principios se tenía que dejar gritar, así sería. “Lars Klingbeil me lo ha vuelto a confirmar cuando se lo he preguntado, que lo dijo en tono irónico. Yo no le grito a nadie, ni siquiera a un compañero del gabinete”, se defendió Merz el domingo, en una entrevista en la cadena pública alemana ARD. A pesar de todo el revuelo, Daniel Goffart, autor de una biografía sobre Merz y que lleva 35 años escribiendo sobre política, cree que “no es nada inusual” que en negociaciones difíciles se grite de vez en cuando. “Olaf Scholz (SPD) no gritó, Robert Habeck (Verdes) tampoco gritó en la última coalición, pero ¿de qué sirvió? Al cabo de tres años fueron derrocados. En ese sentido, no le doy demasiada importancia. Es decir, si en una hora de debate no se avanza y a veces se dejan llevar por las emociones, no me parece grave. Simplemente forma parte del calor de la batalla”, explica. “Lo que me parece peor es la cuestión de hasta qué punto los líderes se atienen al acuerdo de coalición”. Como el propio canciller afirmó en ARD, para él es importante mantener “un tono moderado” para abordar juntos cuestiones como las líneas generales de la necesaria reforma de las pensiones, que espera poder sacar adelante aún en este primer semestre, a pesar de las críticas, especialmente después de que declarara que en un futuro habría “como mucho, una pensión básica”. En este punto, aprovechó para recordar al SPD que “los compromisos no son una calle de sentido único”. “Ambos debemos hacer concesiones”, exigió. Sin embargo, los socialdemócratas, hundidos en las encuestas de opinión, luchan por sobrevivir. La ministra de Trabajo y copresidenta del SPD, Bärbel Bas, declaró con motivo del 1 de mayo que estaba presenciando “un canto fúnebre al Estado del bienestar” y calificó de “despreciables” los recortes en el sistema social exigidos por los conservadores. El líder conservador también marca una línea de cara a la próxima reforma del impuesto sobre la renta. Klingbeil, también ministro de Finanzas, quiere presentar un plan para aliviar la carga fiscal de las rentas medias y bajas, y uno que grave más a quienes más ganan. Klingbeil, dice ahora Merz, “debe saber que eso no es posible con la CDU/CSU, ni siquiera conmigo”. Al final, de cara al público, los socios se echan la culpa mutuamente de todos los males y de no poder avanzar. Pero están obligados a entenderse si no quieren ir a unas elecciones anticipadas en las que según los últimos sondeos, el partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD) ya está por delante de los conservadores de Merz y con el doble de apoyo que el SPD. Pero junto con los problemas del canciller para ponerse de acuerdo con sus socios, o sus desafortunadas declaraciones como dejar entrever que los alemanes son unos vagos y que deberían trabajar más si quieren mantener la prosperidad del país, se suma que se ha convertido en una especie de chivo expiatorio para todo lo que va mal, tenga o no la culpa: desde la pérdida de competitividad hasta la educación o las deficitarias infraestructuras, aunque eso venga de políticas erróneas pasadas. Si se muestra solícito ante Trump, se le ataca. Si critica a Trump por el conflicto en Irán, también. El problema, además, parece ser que Merz despertó grandes expectativas en el electorado con grandes promesas y ahora este se siente defraudado. La ciudadanía no duda así en castigarle en los sondeos de opinión y no cree que dure en el cargo. Según la reciente encuesta del instituto demoscópico Insa, alrededor de tres cuartas partes de los encuestados criticaron el trabajo de la coalición y el 58% cree que la coalición no aguantará hasta el final de la legislatura, en 2029. Asimismo, según el instituto de opinión Forsa, el 83% está insatisfecho con el trabajo de Merz. Pero no solo es impopular a nivel nacional, por debajo de los índices de su antecesor en el puesto, Olaf Scholz (SPD), y de todos los demás líderes políticos de Alemania, sino también a nivel internacional. Según una encuesta del instituto de sondeos estadounidense Morning Consult, sus índices de popularidad están incluso por debajo de los del presidente de Estados Unidos, y del gobernante turco, Recep Tayyip Erdoğan. Además, en la última encuesta de la cadena ARD, solo el 15% se mostraba satisfecho con la labor del Gobierno. El valor más bajo hasta la fecha. Su personalidad tampoco juega a su favor. “Desde el principio ha tenido una imagen negativa entre una parte considerable de la población alemana. Por ejemplo, a muchas mujeres no les cae bien. Quizá también sea por su forma de ser: mide casi dos metros. ”Tiene quizá cierta arrogancia debido a su superioridad retórica y a que mira a la gente desde arriba, aunque solo sea por medir casi dos metros”, analiza Goffart, que ha acompañado durante años al líder conservador. En su opinión, Merz es una persona “impulsiva, a veces emocional” y no cree que eso vaya a cambiar.