Como el mal, la corrupción es parte indeleble de la condición humana. Solo los humanos podemos corrompernos moralmente y sólo los humanos podemos hacer el mal, sabiendo, además, que lo hacemos. No ocurre con ninguna otra especie. Sin el mal, la corrupción, la deshonestidad y la mentira no sabríamos qué son el bien, la integridad, la honestidad y la verdad. Según decía Carl Jung, el padre de la psicología arquetípica, todo lo que puede ser nombrado lo es debido a la existencia de su opuesto. Donde haya humanos habrá corrupción, maldad, deshonestidad y mentira. Pretender una sociedad o un mundo sin ellas es un modo de pensamiento mágico, de ilusa credulidad en un paraíso que no existe ni existió. A los fines de la convivencia y la trascendencia en una sociedad que se pretenda fértil para que sus miembros puedan desarrollar sus fortalezas, cumplir propósitos individuales y aportar al porvenir colectivo, la pregunta que se impone es la siguiente: ¿qué porcentaje de corrupción entre sus miembros y entre sus dirigentes puede contener esa comunidad sin desintegrarse, sin perder sus sostenes morales, sin descomponerse y caer en una deriva desesperanzada? Toda sociedad es un organismo viviente y, como tal, cuenta con un sistema inmunológico, compuesto en este caso por sus leyes, sus normas escritas y no escritas, sus metas comunes, sus tradiciones, su cultura, sus acuerdos de convivencia a partir de la diversidad y sus principios y valores compartidos. Como ocurre con el sistema inmunológico de cualquier persona, el buen funcionamiento de este protege de la enfermedad. No significa que siempre la evite, pero sí que logra remitirla o resolverla. La salud no consiste en no enfermarse, sino en contar con recursos inmunológicos para prevenir, combatir o superar los factores infecciosos que siempre existirán. Los corruptos son virus, bacterias y células enfermas (cancerosas) que atentan contra la salud de la sociedad. ¿Qué porcentaje de esos factores patógenos puede admitir y diluir el cuerpo social sin que la enfermedad lo abata? Si bien la corrupción es un proceso de pudrición que, como en el pescado, empieza por la cabeza, una vez que no se detiene ni se castiga, tanto penal como moralmente, termina afectando a todo el cuerpo social. Y lo que comienza con un tumor se convierte en metástasis cuando la sociedad baja los brazos ante la corrupción, o, peor, la adopta como hábito, aunque en las apariencias reniegue de ella. “En cierta medida la corrupción es un asunto cultural y lo peor que le puede pasar a una sociedad es acostumbrarse a ella”, reflexiona el escritor vasco Fernando Savater, autor de Ética para Amador y Política para Amador entre decenas de obras.
Una enfermedad criminal
Los corruptos son virus y células enfermas que atentan contra la salud de la sociedad.










