La confianza en el prójimo es el entramado de las sociedades humanas. Es clave en la amistad y en el amor y es la base del comercio y la política. Por eso, las sociedades se desgranan cuando desaparece la confianza. Se quiebra todo, que en latín se traduce a con (todo) y rumpere (romper), de donde deriva nuestro corromper actual. “Con” refiere también a “junto”. Así, corromper también es romper entre varios. Uno no puede ser corrupto a solas. La corrupción no deja nada intacto; destroza la trama de la sociedad.
Transparencia Internacional ha desarrollado un mapa mundial de la corrupción que muestra en un amarillo pálido a los países nórdicos, Canadá y Australia, los países menos corruptos. El resto de Europa, Estados Unidos y Japón en tonos naranjas y en América Latina, el podio rojo lo lideran Paraguay y Venezuela. Hay una revelación escondida en este mapa, a plena vista, como la carta de Poe: no hay un solo país, católico, laico o protestante, de izquierdas o derechas, en el que no asome cada tanto una ola de corrupción. España, por supuesto, no es la excepción.
Aquí doy cuenta de algunas postales de 50 años de una ciencia que investiga cómo y por qué empieza la corrupción y cuál es el caldo de cultivo en el que se propaga, con la esperanza de que este conocimiento pueda ayudarnos a vislumbrar vías para que sea cada vez menos prevalente en nuestras sociedades.






