Son las siete de la mañana y los Fernández se van despertando en su apartamento del centro de Córdoba, una de las urbes españolas donde mejor conocen el calor extremo que vuelve a extenderse a partir de este fin de semana. La madre, Rocío, trabajadora social, se marcha la primera y algo más tarde le sigue el padre, Luis Manuel, un profesor universitario, que lleva a sus dos hijos, Julieta y Martín, de nueve y cinco años, a un campamento de verano. Pero antes de dejar el domicilio de buena mañana, cumplen con un ritual muy común estos días en la ciudad andaluza: la clausura matutina de la casa para que no entre el fuego de la calle. Cierran bien las ventanas, bajan las persianas y corren las cortinas para evitar que penetren los rayos del sol y el sofocante aire de fuera. El domicilio estará en penumbra la mayor parte de la jornada, hasta que a última hora baje el calor y se pueda volver a abrir la casa al mundo exterior. “Tenemos la idea de que el verano es para estar en la calle, pero los días de 40 grados aquí son de confinamiento”, cuenta Rocío. “No se puede abrir nada, porque es como abrir la puerta del horno”. Por la mañana: 30 gradosEste jueves 2 de julio la temperatura en Córdoba alcanzará los 42 grados, pero ya a las 10 de la mañana la estación de medición oficial más próxima de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) en el aeropuerto de la ciudad marca 30,6º, muy por encima de la máxima prevista para todo ese día en París, donde vive la familia Chevallier, en el distrito XX, en lo alto de una colina desde la que puede verse toda la ciudad. Llevan ahí 23 años. Su piso, de unos 80 metros cuadrados, es de alquiler y pertenece a la red de vivienda pública de la ciudad. Como la mayoría de apartamentos de París, no está preparado para el calor. Es decir, no se tuvo en cuenta la orientación, ni el aislamiento, y no dispone de climatización.Julia es artista y profesora en la escuela de moda. Thierry es músico y profesor en un centro de educación musical. Alexandre tiene 13 y estudia, y Lou Andrea tiene 17 años y este año ha terminado el liceo. Justo cuando la ola de calor abrasó Francia, al final de junio, ella se encontraba preparando sus exámenes del Bac (la selectividad francesa). Tras mucho sufrimiento, los Chevallier optaron por una medida radical para superar las temperaturas extremas de esos días: la familia entera terminó en un hotel con aire acondicionado para que ella pudiera estudiar y para que el resto siguiese respirando y comiendo con normalidad, porque algunas horas antes la nevera de casa había dicho basta. En Francia y otros países del norte de Europa resultan habituales las casas con grandes ventanales y sin persianas que se transforman en invernaderos en episodios de calor extremo. En el domicilio de los Chevallier sí hay al menos unas finas cortinas, que antes de que huyeran al hotel, Thierry descorre al despertarse a las seis de la mañana para que entre algo de aire. La fortaleza familiar, el séptimo piso del edificio, recibe la primera brisa matinal y la última, porque muy pronto el calor vuelve a ser insoportable. El padre de París sufre menos las altas temperaturas, quizá por sus orígenes en la Martinica, desliza. Pero Lou Andrea y Alexandre seguirán durmiendo hasta el mediodía después de una noche tropical en la que nadie ha conciliado el sueño. Los desayunos y las comidas quedan suprimidos hasta nueva orden.No es que la ciudad de Córdoba sea precisamente un ejemplo de adaptación al cambio climático, pues no destaca por sus espacios verdes, ni por llevar acciones especiales de renaturalización, ni por reformas urbanísticas de calado, ni tampoco por la rehabilitación de edificios, ni siquiera por los refugios climáticos donde protegerse. Pero su población sí que tiene mucho que enseñar sobre lo que es sobrevivir a temperaturas infernales. Aquí la máxima histórica más alta registrada es de 46,9 grados (el 14 de agosto de 2021) y no resulta nada extraño sobrepasar los 40 grados: la familia Fernández está en primera línea de choque en la crisis climática.La tarde, encerradosPor lo general, estos días Rocío, Luis Manuel y sus hijos Julieta y Martín se mueven por la ciudad metidos en un coche o en el transporte público —“Con estas temperaturas, mejor no caminar”, dice ella—, y se vuelven a juntar en casa a las tres de la tarde. Siempre casi a oscuras, al llegar encienden el aire acondicionado y preparan la comida: alimentos fríos como gazpacho, legumbres o ensaladas que no haya que cocinar. “Así se refresca el cuerpo y se evita generar calor en la cocina”, incide la madre cordobesa, que aprendió a lidiar con estas temperaturas de sus mayores, aunque asegura que, según pasan los años, el clima extremo va a peor. Luego toca la siesta y confinarse. “Nosotros estamos muy acostumbrados a vivir hacia la calle, pero si abres ahora, te pega el fogonazo”, comenta Rocío. “Mi mes favorito es septiembre porque se puede volver a salir, quedar con amigas, ir al cine a horas normales; es como que reconquistas la vida”. Su casa está bien aislada y, manteniéndola en penumbra y con el aire puesto, se consigue incluso confort, un auténtico oasis comparado con el abrasador desierto de fuera. Para Luis Manuel, “en Córdoba el aire acondicionado no es un privilegio, es un bien de primera necesidad”. Aunque en esta ciudad hay gente que no puede permitírselo. La familia pasa las horas dibujando, leyendo, trabajando un rato, dormitando... “Con los niños, la tarde encerrados a veces se hace larga”, afirma resignado el padre.En el domicilio de los Chevallier, ya se despertaron hace rato Alexandre y Lou Andrea, que intenta preparar sus exámenes, sin aire, pero con las cortinas puestas. Julia, que durmió con una toalla mojada cubriéndole el cuerpo y levantándose cada 20 minutos a echarse agua, se marchó a trabajar a su estudio de pintura más feliz que nunca por abandonar ese infierno llamado domicilio. Pero antes tiene que vérselas con los siete pisos de escaleras porque el ascensor también colapsó por el calor. O eso les ha contado el servicio técnico, que no ha dado abasto estos días reparando decenas de aparatos por todo el barrio. De noche, el alivioEn los alrededores del domicilio de los Chevallier no hay refugios climáticos y la piscina municipal tenía durante los días de la ola de calor colas kilométricas. En el barrio de los Fernández la situación no es mejor, pero según pasan las horas llega el alivio. A partir de las siete y media o las ocho de la tarde, su casa vuelve a abrirse al exterior. Se suben un poco las persianas, dejando entrar en las habitaciones una luz ya más tenue, menos agresiva, y se puede salir a comprar, ir al parque con los niños o buscar algún plan con amigos. “Con estas temperaturas de 40 grados, todo empieza más tarde, todo se retrasa en el día”, detalla Luis Manuel. La familia cordobesa cena a partir de las diez y con este calor no se va a la cama antes de las once. La pareja tiene un gran ventilador de techo encima de su cama e intenta no poner el aire, pero hay noches que resulta difícil dormir. “Y al día siguiente hay que madrugar, por eso es tan importante la siesta”, comenta el padre. A veces hablan del futuro, de cómo será cuando el calor vaya a más por el cambio climático, e incluso de marcharse a otros sitios. “Claro que me preocupa por mis hijos”, reconoce Rocío. “Nosotros siempre estamos pendientes de comprar una casa y a veces pienso que para qué, si a lo mejor dentro de 30 años no hay quien viva aquí”.Al caer la tarde, la familia Chevallier vuelve a reunirse en el lugar del crimen climático. Aunque en las casas del norte de Europa se cena mucho antes, el calor ha empezado a derribar algunos muros que parecían infranqueables. “Hemos transformado nuestros horarios y rutinas a los que se usan en España. Nos acostamos tarde, cenamos pasadas las diez de la noche y pensamos la alimentación en base al calor”, recuerda Julia. “Hemos entendido al fin por qué en España se vive como lo hacéis”.A escala urbanaParadójicamente, fuera de los hogares, a escala de ciudad, es la capital francesa la que más puede enseñar sobre adaptación a las altas temperaturas a la urbe andaluza. Como incide Roberto Blanca, representante de Ecologistas en Acción que trabaja en el proyecto Barrios por el Clima analizando desde la calle el impacto del aumento de las temperaturas para los cordobeses y proponiendo soluciones, “París está haciendo mucho más frente al cambio climático que Córdoba, lo mismo que ciudades de aquí menos expuestas al calor como Vitoria o Barcelona”. Aunque a veces la discusión se reduce a aire acondicionado sí o aire acondicionado no, la adaptación de las urbes a un clima más extremo es mucho más que eso. Como explica Cristina Contreras, integrante también de Barrios por el Clima, la fórmula para conseguir ciudades más resistentes al calor es otra: hace falta quitar cemento para recuperar la mayor cantidad de suelo permeable, aumentar la vegetación de todo tipo, reducir el espacio dedicado al coche, apoyar la rehabilitación de edificios, crear verdaderos refugios climáticos y actuar sobre el urbanismo en general para que los ciudadanos pueden resolver sus necesidades básicas sin tener que alejarse mucho de sus domicilios. “El aire acondicionado es fundamental, hay que sobrevivir, pero resulta prioritario mejorar la ciudad y rehabilitar las casas”, recalca la ecologista cordobesa.El aumento de las superficies verdes resulta clave para amortiguar las temperaturas de la urbe y para ofrecer espacios donde los ciudadanos puedan cobijarse bajo las sombras en los momentos de mayor calor. “Esto no va de número de árboles, esto va de cobertura vegetal y para eso hay que conseguir ejemplares de gran porte, lo que lleva una serie de años”, señala Blanca. “Hay que empezar a dejar de hacerlo mal; se sigue poniendo en el centro el coche y el asfalto, y una calle que se remodela hoy con esos criterios se va a quedar igual los próximos 30 años”.En el caso de los refugios climáticos, esta misma semana, Greenpeace ha publicado un informe que alerta de que únicamente 19 de las 52 capitales de provincia en España cuentan actualmente con una red de estos espacios. Según la organización, la creación de este tipo de refugios para cuando se disparen las temperaturas no solo se ha estancado, sino que presentan graves carencias, relacionadas con los horarios, espacios inadecuados o la falta de escucha a la ciudadanía. Aunque el calor llega cada vez antes y con más intensidad, para Greenpeace las medidas de adaptación en las ciudades españolas se retrasan o son inexistentes.“Otra cosa que hacemos contra el calor extremo es ayudarnos entre los amigos”, remata Rocío, la madre de la familia Fernández. “El que tiene piscina, una finca, un patio, pues invita o invitamos a los otros. Subiros por la tarde un ratito y os dais un baño, nos dicen”.