¿Es posible salir de un festival con la sensación de que, por una vez, todas las piezas encajan? ¿Es normal que, de entre una treintena de actuaciones, y habiendo visto solo una decena, cuatro de ellas, como mínimo, merezcan el calificativo de excepcional e inolvidable? ¿Quién recuerda un festival donde cada concierto estuviera programado en espacios elegidos para realzar la propuesta artística, para que los intérpretes pudiesen dar lo mejor de sí y para el público los disfrutase en las mejores condiciones imaginables?

Hemos asumido que un festival de música sea un contenedor de conciertos a granel ubicados en un mismo escenario para así recortar costes de producción donde contemplar versiones defectuosas, rácanas o descafeinadas de nuestros grupos favoritos en condiciones de visibilidad y acústica deficientes. Por eso, cuando asistes a uno en el que parece que los artistas están ofreciendo su mejor actuación del año piensas, ¿tan difícil era planificar un festival con sentido? Todo esto, a raíz del (a)phònica, un festival especializado en propuestas artísticas con la voz como protagonista y que la semana pasada celebró su vigesimosegunda edición. El milagro ocurrió en Banyoles, municipio famoso por su lago; el más grande de Catalunya.