Son las cinco de la tarde de un día de mediados de mayo en el festival Embassa’t, en el parque de Cataluña de Sabadell. Apenas hay medio centenar de personas, sentadas en el césped de las gradas del anfiteatro frente al escenario principal. Es un día de sol. Mientras se hacen algunas comprobaciones de sonido y de iluminación —“Hola, hola. Buenas tardes a todos. Bona tarda a tothom”—, solo se escucha el trasiego de algunas furgonetas descargando y los gorjeos de las cotorras argentinas desde los postes de iluminación. En el escenario,
gingingiinn/" target="_self" rel="" title="https://www.instagram.com/gingingiinn/" data-link-track-dtm=""> la cantante barcelonesa Gin se ajusta el vestido azul grisáceo, se toca repetidamente los grandes pendientes de aro y da vueltas entre el escenario y el backstage al tiempo que charla con sus músicos visiblemente nerviosa —“nerviosa no; emocionada”, recalcará más tarde—. En apenas unos minutos sale a cantar en el que es su primer concierto en un festival. Un paso de gigante para cualquier artista emergente.
Este será uno de los casi 1.000 festivales de música que habrá en España durante todo 2025, según las estimaciones de diferentes organismos reguladores de la música en vivo. El país se ha convertido en uno de los que más eventos de este tipo albergan en el mundo. Desde las playas de Burriana hasta los montes gallegos, de los desiertos a cascos antiguos de capitales de provincia, hay pocos rincones del mapa que no tengan alguno. Tras la pandemia experimentaron su mayor época de bonanza. Tras alcanzar las cifras de recaudación y asistencia más altas de su historia en 2019, en 2022 se superó en un 20% este récord, según el III Observatorio sobre la industria de los festivales de música en España, de IPG Mediabrands. Se consolidaron en el imaginario popular como parte de la experiencia veraniega, a pesar de que su temporada se alargó y ocupa buena parte del calendario.






