Llega el verano con sus atardeceres suaves, sus horas violeta, sus fiestas y conciertos junto al deleite de las amistades a lo largo, como escribió Gil de Biedma. Sin embargo, con esa manía tan humana de encajar la vida cada vez en moldes más estrechos, la fiesta se ha convertido para algunos en una molestia, un exceso, una anomalía en la rutina urbana. Pronto llegarán las fiestas de Gràcia en Barcelona, los conciertos en las playas, las de Sants, y La Mercè, y volveremos a escuchar a esos vecinos y vecinas que reprochan al Consistorio y al mundo entero el ruido de los jóvenes en las plazas, la música que no cesa, el disturbio de las conversaciones en las terrazas de los bares… el verano y su alegría, en suma. Seguramente serán los mismos que han denunciado a algunos colegios por el ruido ensordecedor del alumnado jugando en el patio. Desean eliminar el único momento de fiesta diario de nuestra infancia, su recreo. Pero si algo nos enseña la antropología desde sus orígenes es que la fiesta no es un capricho moderno, sino una necesidad humana tan antigua como el lenguaje, tan fundamental como el sueño o el afecto.
Victoria Sendón de León reflejó como nadie en su Agenda Pagana las procesiones en honor de las diosas griegas -tan similares a las actuales-, las saturnales romanas, las celebraciones del solsticio en tantas culturas. Mostró que la fiesta ha sido siempre un paréntesis sagrado donde se suspenden las jerarquías, se disuelven las normas del día a día y se abre un espacio compartido para la emoción colectiva






