No hay verano sin fiesta. Hay algo en el calor, o en la pausa del trabajo, que nos arrastra a ese ritual de despilfarro y excesos: de música, alcohol, baile, conversaciones. Son momentos puramente ociosos, sin utilidad práctica, pero que conservan en su médula una esencia de catarsis, de subversión y, parece contradictorio, de descanso. Una ceremonia única por su cualidad transitoria, pero eterna porque se repite desde el principio de los siglos. El ser humano es el animal que celebra. El valor de ese acontecimiento lo retrata Carmen Morán, investigadora y catedrática de Literatura española en la Universidad de Valladolid, en el libro La belleza de las fiestas (Eolas). Además de defender el carácter elocuente del festejo, Morán describe ocho de las más memorables fiestas de la historia: desde los banquetes romanos hasta la opulencia del Warhol más fiestero, pasando por las representaciones literarias más famosas.
Antes de adentrarse en ese recorrido, conviene preguntarse qué es la fiesta. “La belleza de esto está en que nos convertimos algo entre el animal y el dios. Porque en el trance de la fiesta somos, o creemos ser, siquiera efímeramente, más jóvenes, más bellos, brevemente inmortales, igual que dioses jugando a ser humanos”, cuenta la autora resumiendo su texto. Por un lado, se zorrea, se perrea, se hace el bestia o el mono, haciendo gala de la condición animal. Pero esa misma posición nos sitúa en una tendencia permanente a exceder nuestra propia naturaleza e ir más allá. Y todo eso se logra, dice Morán sin matices, gracias a los excesos: “En la comida, en la bebida, en las drogas, en el sexo, en los decibelios de la música, incluso en el derroche”.






