Ante un ocio nocturno cada vez más caro y homogeneizado, las ‘house parties’ se reivindican como un refugio para disfrutar, crear comunidad y descubrir música de una manera mucho más genuina
Viernes noche, una de la mañana en el club. El beat, los estrobos, la gente… Este es el momento en el que empieza la fiesta, el descontrol, o así debería ser, porque el camino para llegar hasta allí ha sido de todo menos espontáneo. Primero, las entradas: de 15 a 30 euros de media, hay que comprarlas varios días antes para que no se agoten ni se encarezcan. Después, crear un grupo de WhatsApp con los comprometidos y ponerse de acuerdo para la previa, normalmente una casa o un bar. Por último, luchar contra la espera, el sueño y el frío antes de entrar. Al fin en la pista de baile toca moverse y esperar que pinchen algo que anime la fiesta. Una copa, otra, pero no llega. Es inevitable ...
preguntarse:
-¿Qué hacemos aquí, encerrados hasta las cinco de la mañana? ¡Qué horror! Yo quiero ir a mi casa y poner mi música con mis colegas.
Por lo menos eso es lo que le pasa a Nicolás A., estudiante y músico de 22 años, cada vez que acaba en una discoteca. “Te compras la entrada y cuando llega el día ni te apetece. En mis círculos no nos mola estar tan atados, ni gastarnos todo el dinero en una noche”, explica. “Sientes que te ahogan y te restringen a vivir la noche de una única manera. Creo que ahora nos gusta tener más poder de decisión sobre lo que bailamos y lo que hacemos. Son noches mucho más divertidas”.






