En julio de 2022 EL PAÍS publicaba el siguiente titular: La burbuja se instala en los festivales de música en un mercado saturado. Un verano más, se ha reabierto el debate sobre la ya popular burbuja festivalera y sobre si existe o no en España un número excesivo de festivales de música. Javier Ajenjo, director del Sonorama Ribera, es contundente: “Llevamos hablando de esto seis años. Es una burbuja de oferta en general, porque no puede tener todo el mundo un festival”. Las cancelaciones de varias citas de diversos formatos, lideradas por el Reggaeton Beach Festival, que anuló sus siete eventos por falta de viabilidad, y por eventos de corte indie como Fortaleza Sound y Oh, See! Nerja, caídos en combate por no haber vendido suficientes entradas, ponen sobre la mesa la falta de viabilidad de parte del sector. El contexto está precedido por la suspensión del madrileño Tomavistas o por el parón de la concentración de punk rock Tsunami Xixón, que no se celebra este 2026 tras varios años de éxito por la falta de bandas del género en gira. “No nos apetecía hacerlo mal. Es bueno parar y mirar alrededor”, explica Esteban Girón desde la organización. La realidad es que después de la crisis que sufrió la música en directo por la pandemia en 2020/2021, la oferta y la demanda no han parado de crecer y sus beneficios alcanzan máximos históricos. Este sector ha facturado 800 millones de euros en 2025, el doble que en 2022, cuando empezó a florecer de nuevo. Los organizadores de los principales festivales lo saben y coinciden en que los baches responden más a un mecanismo de autorregulación del mercado que a una crisis definitiva capaz de erosionar este negocio. “En todos los sectores hay éxitos y fracasos, pero el nuestro es mediático y tiende a airearse más. Pero los números están ahí: sigue siendo un sector boyante”, rematan desde Bring The Noise, detrás de citas que han colgado el cartel de “todo vendido”, como el ecléctico O Son do Camiño o el metalero Resurrection Fest. Un trabajo lleno de idas y venidas, que cuesta tiempo construir y que al Sonorama no le importa reconocer: “Tardamos 22 años en no tener pérdidas”.Según el último Anuario de la Música en Vivo, España se ha consolidado como un destino preferente para el turismo de festivales a nivel europeo e incluso mundial. De hecho, el informe Festivales. El nuevo motor cultural, elaborado por la consultora LIN3S en 2025, dice que es el tercer país de Europa con un mayor número —superando los 1.000 en 2025―, tan solo por detrás de Alemania y Reino Unido. “Después de la pandemia hubo un bum y la industria no estaba preparada. Se decía: ‘Ni una ciudad sin festival ni concierto’. Todo se inundó de ofertas sin sentido y se apuntó al negocio gente que no era profesional del sector”, explica José Piñero, director de citas icónicas como Low Festival, Warm Up Estrella de Levante o Spring Festival. “Algunos hacen festivales sin tener ni idea y solo porque han conseguido la ayuda de un ayuntamiento. Se financian sin saber su viabilidad”, agrega, mientras califica su profesión de alto riesgo. “Muchos decían ‘sujétame el cubata, que monto un festival’, y no es tan sencillo”, remata. “Hay que tener un planteamiento a largo plazo. Hay elementos tóxicos, casos que perjudican al sector, producen desajustes y la gente empieza a pensar en no comprar entradas por si pasa algo. Al final, pagan justos por pecadores”, concluye. Eso sí, explica que este año han alcanzado sus mejores cifras en WarmUP y Spring, y Low se prepara para celebrar su primera edición en Torrevieja, tras 15 años en Benidorm: “Hemos cambiado porque en Benidorm nos pedían una fortuna por utilizar el recinto”. Para Javier Arnáiz, director del Mad Cool, el sector padece un ajuste natural y vive un momento de “madurez”, no solo por su profesionalización, sino por el público: “Ha evolucionado mucho. Hoy es más exigente, está más informado y tiene una oferta enorme entre la que elegir. No basta con tener un buen cartel, hay que ofrecer una experiencia completa y una identidad”. A punto de celebrar el décimo aniversario de la cita madrileña, dice que durante años la oferta creció de forma muy rápida y que ahora el mercado está encontrando su equilibrio: “Organizar un festival es cada vez más complejo. Han aumentado los costes de producción, la logística y los cachés de los artistas. Los proyectos que no consiguen diferenciarse tienen más dificultades”. En este sentido, Arnaiz no hablaría de una crisis de los festivales ni del final de un modelo, pero sí de “la importancia de generar confianza”.Gonçalo Miranda, del festival de electrónica Dreambeach, asegura que existe una explosión, algo parecido a lo que pasó en el mercado inmobiliario en 2006. “Es un mal que afecta a muchos porque actualmente existe un exceso de eventos en España y muchos de los autodenominados festivales no son más que verbenas. La mayoría de artistas se repite”, asegura. Coincide Rami Molinero, detrás del Ebrovisión durante 26 años: “Muchos repiten carteles porque hay bandas que se sabe que venden. En nuestro caso, más de la mitad del cartel no ha tocado nunca antes”. El jefe de Ebrovisión, que reúne a 23.000 personas en Miranda de Ebro (Burgos), cree que lo que pasa es más una cuestión de selección natural: “Se ha convertido en la fiesta del pueblo. Parecía que te ibas a hacer millonario con esto, pero no conozco a ningún promotor con jet privado o que viva como Bad Bunny. Vivir de un festival es muy complicado”. Carlos Montilla dirige desde hace una década un festival de pequeño formato en Galicia, Dezassete Grados Ribeira Sacra, y coincide en que se está produciendo una reestructuración porque se ha crecido muy rápido: “Aquellos que no tienen una imagen consolidada sufren. El público ya no se mueve solo por carteles, lo hacen por el plan y la experiencia. No es el momento de los eventos clónicos. Hay que tener menos miedo y apostar por líneas artísticas más amplias”. Tali Carreto, de Monkey Week, habla también de saturación y opina que las cancelaciones son de proyectos primerizos y sin trayectoria o que compiten en estilos con otros con más experiencia. “Es muy importante crear comunidad, como los fibers [espectadores del Festival Internacional de Benicàssim] en su día”, remata. Pero está también el factor de la subida de precios, como apunta Juan Gama, de Prestoso, en Cangas del Narcea: “Todo se disparó, se programó desde lo público y eso hizo que los cachés de los grupos aumentaran. Es complicado el acceso a determinados artistas y las giras se planifican con mucha antelación”. La muerte del cartel ‘indie’: así cambian los festivales para sobrevivirLa relajación de las otrora rigurosas etiquetas musicales también ha afectado al panorama festivalero. “No creo que el indie esté desterrado. Más bien las etiquetas han perdido peso y los hábitos de escucha son mucho más abiertos que hace diez años”, explican desde el Mad Cool. En Sonorama coinciden y reivindican esta apertura: “Los estigmas del indie están desapareciendo. Antes casi nos queman por llevar a Amaral y sorprendimos con Raphael. A veces nos pasamos de cool: la música tiene que ser variada”. En este sentido, Ajenjo celebra que los festivales sean objeto de deseo de todas las generaciones: “Antes, nuestros padres no iban a conciertos. Ahora la gente mayor es una parte fundamental del público”.La electrónica ha experimentado un crecimiento notable y hoy ocupa un lugar central dentro de la cultura de festivales. Esto piensan desde Mad Cool, que en su anterior edición incorporó un día solo dedicado a este género y que apuesta por él en uno de sus cinco escenarios. Eso sí, asegura que siguen creyendo en las guitarras, en el rock, en el pop y en los artistas que históricamente han formado parte de su ADN. “Lo que ha cambiado es la forma de construir los carteles. Antes era más habitual trabajar dentro de escenas muy definidas; ahora el público consume música de una manera mucho más transversal”, insisten desde el festival madrileño. Andreu Piqueras, fundador del Medusa Sunbeach de Cullera, un evento de electrónica que reúne 50.000 personas en su recinto cada día, considera que ver a festivales como el BBK Live o el Primavera Sound apostando por djs en la parte alta les ayuda: “De alguna forma, desestigmatiza nuestro género”. Desde el Primavera, creen que esta evolución artística es un reflejo de los tiempos: “Está todo más repartido. En nuestro caso, el cartel siempre ha tenido una vocación muy amplia y diversa que sirva para recoger el contexto musical del momento: casi desde sus inicios se han programado artistas de hip hop, propuestas experimentales, bandas de metal, mucha electrónica o músicos de culturas no anglosajonas”. Y consideran que su diversidad es lo que logra que hayan agotado entradas los últimos dos años. “Nuestro cartel va más allá de los géneros y los cabezas de cartel”, rematan.
Radiografía de los festivales de música en España: “Se han convertido en la fiesta del pueblo”
Tras varias cancelaciones y otros muchos que lo venden todo, EL PAÍS habla con los responsables de los principales eventos, que advierten de que no todo vale y que las etiquetas se han relajado






