La oferta festivalera de cada verano sigue siendo abrumadora. Y, a menudo, sospechosamente parecida. No solo por el perfil de artistas sino por el planteamiento formal: terreno cercado, varios escenarios, maratón de actuaciones, abrevaderos en los laterales y sálvese quien pueda. Hay excepciones honrosas, sí. Pero algunas hay que buscarlas en los confines del país. Por ejemplo, en el Pirineo de Lleida, a apenas veinte kilómetros de la frontera con Francia. Allí se inicia este fin de semana la 35ª edición del festival Dansàneu. Casualmente, en el mismo lugar donde nació hace tres décadas la madre de todos los macrofestivales: el Doctor Music Festival.

La música es solo uno de los ingredientes de este certamen que también programa danza y teatro, conferencias y exposiciones. Sus ejes son el territorio, la tradición, la memoria histórica y la experimentación. Todo, en diálogo con el territorio. Quienes se acerquen a Esterri d’Àneu, población de mil habitantes y campo base del festival, verán la calle mayor cubierta por un cielo de cencerros. Buena parte de la oferta se diseña pensando en el lugar donde será exhibida. A partir de este jueves, actúan referentes del teatro, la literatura, la danza y la música catalana como La Veronal, El Petit de Cal Eril, Magalí Sare, Àngels Gonyalons, la Dharma Pol Guasch y Obeses.