Una fisura en el relato de la València perfecta que el PP, hegemónico en las urnas, estaba construyendo para perpetuarse en el tiempo. Eso fue lo que supuso, en términos políticos, el accidente del metro del 3 de julio de 2006 en el que fallecieron 43 personas y resultaron heridas otras 47. Una fisura que, como recordaba mi compañero Hèctor Sanjuán, apenas tuvo reflejo inmediato en las urnas. Francisco Camps logró en las elecciones autonómicas de 2007 su mejor resultado electoral en porcentaje de voto: 1,2 millones de votos y 54 diputados, seis más que en 2003 y cerca de 100.000 papeletas adicionales. Pero aquella tragedia sí alteró profundamente su forma de ejercer la presidencia y, con el paso del tiempo, acabaría resquebrajando el relato de la València de los grandes eventos. Porque Francisco Camps, hasta entonces un president muy dado al contacto con la prensa y con la ciudadanía, se encerró en el Palau de la Generalitat y amplió su distancia con los medios de comunicación. Ese cambio de estrategia comunicativa terminaría agravando su situación política cuando estalló el caso Gürtel en 2008, aunque todavía en 2011 volvería a arrasar en las urnas. La pequeña fisura se acabó convirtiendo en un cráter.Visita del Papa a la estación de Jesús de València días después del accidente del metro TercerosHan pasado 20 años y quizá se ha olvidado lo que era la València de la primera década del siglo XXI: una ciudad en la que parecía que todo era posible. La Copa del América, la Fórmula 1 o la visita del Papa, que se produjo apenas unos días después del accidente, simbolizaban una etapa de enorme proyección para la ciudad y para la Comunitat Valenciana. Los grandes proyectos urbanísticos —que acabarían contribuyendo al hundimiento de las cajas de ahorros— situaban a Francisco Camps y a Rita Barberá entre los principales referentes del PP en España. Buena prueba de ello fue el congreso nacional que el partido celebró en la Feria de Muestras de València en 2008, donde el respaldo de ambos resultó decisivo para que Mariano Rajoy consolidara su liderazgo frente al sector que impulsaba la alternativa de Esperanza Aguirre. De no haber estallado el caso Gürtel, el futuro político de Camps bien podría haber acabado proyectándose hacia la política nacional. No fueron pocos los que entonces lo señalaban como un posible relevo de Rajoy si las circunstancias lo hubieran exigido.Pero el accidente del metro empezó a sembrar dudas sobre aquella València en la que todos los sueños parecían al alcance de la mano. Más que la tragedia en sí, fue la gestión política y comunicativa posterior la que terminó erosionando ese relato de éxito. Hubo 43 muertos y 47 heridos. Y un accidente al que se intentó dar carpetazo, minimizando sus consecuencias y reduciendo al mínimo su presencia en los medios de comunicación, especialmente en los públicos, para no alterar una imagen de prosperidad que el PP había logrado convertir en una poderosa herramienta política. Una imagen que no solo le permitía mantener una hegemonía electoral incontestable, sino también reducir al mínimo la capacidad de reacción de una izquierda que, en aquellas fechas, todavía trataba de recuperarse de sus continuas guerras internas. Todo ello en un contexto en el que las redes sociales aún no se habían convertido en un instrumento capaz de romper el control institucional sobre la información. Es evidente que, de haberse producido hoy una tragedia de estas características, con un PP sin mayoría absoluta y con las plataformas digitales desempeñando un papel decisivo en la difusión de la información, habría resultado mucho más difícil sostener aquella estrategia de ocultación y mucho más fácil acompañar a unas víctimas que durante años permanecieron prácticamente solas cada día 3 en la Plaza de la Virgen. Prueba de este cambio de ecosistema ha sido la dana de hace casi dos años: el relato institucional de Carlos Mazón no ha ganado la batalla. Los familiares de las víctimas lucharon durante años para que se depuraran responsabilidades judiciales y políticas. Pero quedaba pendiente algo igualmente importante: que la Generalitat Valenciana tuviera con ellos un gesto sincero de reconocimiento a los finados y heridos. Francisco Camps nunca quiso reunirse con las asociaciones de víctimas. Hoy, Ferrocarrils de la Generalitat Valenciana detendrá durante un minuto toda su actividad en recuerdo de aquella tragedia que pudo haberse evitado; las banderas ondearán a media asta y se rendirá homenaje a los fallecidos y heridos junto al memorial de la estación de Jesús. Será una oportunidad para que Pérez Llorca, o quien represente institucionalmente a la Generalitat, dirija unas palabras a las víctimas y marque una distancia inequívoca con la errática estrategia que durante años siguió el PP. No porque ese gesto pueda borrar el dolor ni reparar lo irreparable, sino porque las instituciones también tienen la obligación de reconocer sus errores. Solo así podrá cerrarse con dignidad, veinte años después, uno de los capítulos más dolorosos de la historia reciente de la Comunitat Valenciana.Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991