30 de junio, 2026 - 07h00Presenciamos a un imperio mundial que se expande y se contrae alrededor del planeta. En busca de sus límites, define al continente americano como “nuestro hemisferio” según las palabras del secretario de Estado. Sea en Cuba, Irán o la Luna, se refleja el mismo fenómeno. El poder de EE. UU. no está limitado por ninguna estructura mundana y, al contrario, todas ellas están condicionadas por él. Sin duda hay resistencias políticas alrededor del mundo, pero incluso ellas están enmarcadas bajo un orden sostenido a voluntad de Washington. Veámoslo en el caso de América Latina y el Caribe.La resistencia al poder de América del Norte fue un factor constitucional para América Central y del Sur desde que entramos en la era del Estado nacional. De hecho, de tal fricción surge la contribución más importante de la región a la ley internacional. La primera codificación formal del principio de no intervención se localiza en el cono sur, luego en la Carta de la Organización de los Estados Americanos (OEA) en 1948. Este principio del orden internacional no fue recogido por la Naciones Unidas sino hasta 1970. Pero nada de eso fue realmente un límite para Washington, pues ni la OEA ni nadie detuvo sus intervenciones. Lo que sí se logró fue reclamarle al Gobierno estadounidense justificaciones jurídicas y normativas, cuando no fueron encubiertas.Pero si antes ese Estado imperial maniobraba a través del andamiaje interamericano para regir los países al sur, ahora hace ejercicio público del uso de la fuerza. Así es como se entiende que amenace tomar control del canal de Panamá o de Groenlandia; o que diga Donald Trump que “lo único que tiene sentido es que Canadá se convierta en nuestro querido estado 51”; o que haya hecho redada en Venezuela para arrestar a Nicolás Maduro; o que “estrangule” energéticamente a Cuba, lo que algunos consideran el enfrentamiento más efectivo contra esa isla desde la crisis de los misiles en 1962. Con todo, lo grave del asunto no es que EE. UU. haga uso de su poder. Eso lo ha hecho siempre. Lo que llama nuestra atención es que lo haga de forma abierta y urgente. Nos recuerda a la cabeza del hogar que, por un terrible presentimiento al anochecer, se apresura a asegurar ventanas y puertas.En medio de los desafíos a los que se abalanza la humanidad, la pretensión de fortificación continental de EE. UU. hace eco del “sueño de Bolívar”. La diferencia es que el dominio actual no viene de ninguna ideología, sino de poderío “técnico-industrial”, como advirtió Joe Biden al dejar la Presidencia. Ahora bien, incluso el imperio mundial pasa a la defensiva. Es decir, es preciso abandonar la creencia de que el ser humano es el centro de todo. Persistir sería como emborracharse para evitar disgustos. Aquí entra la geopolítica como una perspectiva sobria. Pero no porque factores geográficos influyan en la política. Si esa fuera la razón, volveríamos a la ebriedad antropocéntrica. La realidad es que la política está en todo caso sometida a la voluntad de la Tierra. “El destino guía a quien lo acepta”, dijo Séneca, “y arrastra a quien lo rechaza”. (O)