Pluma invitadaLos datos reemplazaron al territorio como principal fuente de poder político.
Durante siglos, el poder se podía tocar. El poder tenía una forma visible y territorial. Los gobiernos defendían su autoridad mediante la maquinaria del Estado. En el mundo, el territorio parecía explicarlo todo. Quien controlaba la tierra controlaba el flujo de riqueza. Pero el siglo XXI está cambiando las reglas del juego con una velocidad desconcertante.
Hoy en día, un ataque cibernético puede paralizar instituciones enteras sin disparar una sola bala. Ya no hacen falta tanques cruzando fronteras ni ejércitos ocupando ciudades. Es suficiente con una conexión a internet y una vulnerabilidad olvidada en algún “servidor”. En la actualidad, el escenario del poder es nuevo y no siempre tiene calles ni coordenadas; hoy en día está en la “nube”.
Eso quedó claro recientemente en Guatemala, cuando grupos de hackers lograron infiltrarse en sistemas de instituciones públicas y universidades. Sin mostrar rostro ni bandera, accedieron a miles de registros personales y exigieron pagos millonarios. Ese ataque ocurrió en silencio, pero sus consecuencias fueron inmediatas. En cuestión de horas, datos privados pasaron a circular como mercancía.











