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La revista The Economist publicó el 25 de junio un par de artículos y un episodio de podcast sobre la “trumpificación” de Latinoamérica. Ahí analiza cómo desde que Trump volvió al poder en el 2025, la derecha ha ido ganando elecciones presidenciales en la región. El énfasis del artículo es en la llegada de una derecha populista con discursos punitivos que no se preocupa por ocultar su explícito apoyo al presidente estadounidense. El artículo pone como ejemplo el caso de Colombia con Abelardo de la Espriella como un outsider de derecha que promete perseguir criminales y militarizar la seguridad.

Según The Economist, el votante está premiando ahora a una derecha más extrema con un discurso radical sobre crimen, migración y orden con el “estilo” Trump. Uno de los artículos incluye en el título una palabra precisa y fascinante: “los trumpitos”. Trumpitos que siguen ese estilo de comunicación agresiva en redes, ataques a los medios, guerra contra la globalización y rechazo al supuesto discurso “woke”. Además de De la Espriella, se lista a Milei, Kast, Bukele, Noboa, Asfura, Fujimori, Bolsonaro y otros.

Pensar en los trumpitos me gustó no por la trumpificación de la derecha. Me gusta porque me hizo pensar en la degradación de la figura presidencial. Trump funciona como nombre propio, como adjetivo y como verbo: Trump, “Trumpy”, trumpizar. Pero también funciona como síntoma. La presidencia deja de ser una institución que contiene el poder y se convierte en la exhibición de una personalidad. El cargo se reduce al cuerpo, al gesto, al insulto, al apodo, a la amenaza, a la escena viral.