Un fantasma recorre América Latina. Desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca en enero de 2025, las siete elecciones presidenciales celebradas en la región se han saldado con la victoria de una derecha cada vez más radicalizada: Ecuador (Daniel Noboa, abril de 2025), Bolivia (Rodrigo Paz, octubre), Honduras (Nasry Asfura, noviembre), Chile (José Antonio Kast, diciembre), Costa Rica (Laura Fernández, febrero de 2026), Perú (Keiko Fujimori, junio) y Colombia (Abelardo de la Espriella, junio). Siete de siete. El mapa se tiñe de azul oscuro.PublicidadNo es una nueva oscilación del péndulo. Desde la caída de las dictaduras militares, la política latinoamericana ha tendido a alternar gobiernos conservadores y progresistas. Lo que ahora emerge con fuerza no es la vieja derecha conservadora, sino una versión más agresiva, personalista y obsesionada con la seguridad, deudora en el fondo —y a menudo en las formas— del trumpismo. No es un regreso sino una mutación.No todos calcan al presidente estadounidense, pero la mayoría imita sin disimulo su retórica, su agenda y hasta su puesta en escena. El más "moderado" de la ola, el boliviano Rodrigo Paz —"tecnócrata" y "centrista", según se define—, no necesariamente copia las formas, pero sí el fondo: revisa los contratos de litio que el gobierno anterior firmó con China, corteja al FMI y ha devuelto a Bolivia a la órbita de Washington tras casi dos décadas de distanciamiento. El resto no se molesta en matizar. Kast llega a La Moneda prometiendo deportaciones masivas y blindar la frontera norte; Laura Fernández gobierna Costa Rica con una megacárcel calcada del CECOT salvadoreño; y De la Espriella se dirigió a los suyos tras un cristal blindado, envuelto en la bandera, ante un público tocado con gorras de "Make Colombia Great Again".Les unen las formas, pero sobre todo el fondo: realineamiento geopolítico con Estados Unidos, un nacionalismo inflamado que señala a la inmigración y a la inseguridad —lacra real e innegable en gran parte de la región— y un dominio hiperactivo de las redes y los nuevos formatos de comunicación.La mano de WashingtonTrump no es solo la sombra: es, en buena medida, el motor. Marca la agenda regional, apadrina candidatos y ha tejido foros a su medida, como la cumbre Escudo de las Américas de marzo, que lo reunió en Miami con los mandatarios afines.PublicidadEl inquilino de la Casa Blanca respaldó a Nasry Asfura a pocos días de los comicios hondureños, presentándolo como el único candidato con el que su Administración trabajaría; felicitó por teléfono a De la Espriella antes de que concluyera el escrutinio colombiano; recibió a Noboa en Mar-a-Lago en plena campaña, y condicionó un rescate financiero a la victoria de Milei en las legislativas argentinas. Rodrigo Paz viajó a Washington antes de investirse, se reunió con Marco Rubio y logró el restablecimiento de embajadores tras diecisiete años de ruptura.El realineamiento con Washington tiene también una traducción material. De Bolivia obtiene un memorando sobre minerales críticos que reabre el litio —hasta ayer orientado a China— al capital estadounidense. La gestión migratoria se externaliza: Costa Rica acepta veinticinco deportados por semana, El Salvador ha duplicado las cifras y recluye a los expulsados en el CECOT, y Paraguay firmó un acuerdo de "tercer país seguro" para recibir solicitantes de asilo derivados desde Estados Unidos. Y la cooperación en seguridad se estrecha: operativos antinarcóticos conjuntos en Ecuador —que además designó "terroristas" a sus bandas y llegó a ofrecer una base militar en Manta, vetada en referéndum—, a los que promete sumarse la Colombia entrante de De la Espriella.Todo ello con la autoproclamada "guerra contra el narco" como telón de fondo. La Operación Lanza del Sur, en marcha desde septiembre de 2025, ha montado en el Caribe y el Pacífico oriental uno de los mayores despliegues militares estadounidenses en la región en generaciones. Sus fuerzas han destruido más de sesenta "narcolanchas" y matado a cerca de doscientas personas sin juicio ni pruebas públicas, en lo que juristas y legisladores demócratas denunciaron como ejecuciones sumarias.PublicidadEl vuelco es profundo aunque muchas de estas victorias se decidieran por un puñado de votos: Honduras por siete décimas, Perú por tres, Colombia por menos de un punto, entre denuncias de fraude, recuentos que se eternizaron y un voto de la diáspora escorado a la derecha —en Colombia, el 72% de los sufragios emitidos en Estados Unidos fue para De la Espriella; en Perú, el voto exterior desde EEUU, España y Argentina terminó decantando a Fujimori—. Victorias pírricas que no limitan la profundidad de los cambios políticos.A la ola electoral se suman los gobiernos ya asentados. Nayib Bukele, tras la reforma constitucional de 2025 que habilitó la reelección indefinida y recortó su mandato, buscará un tercer periodo consecutivo en febrero de 2027. Javier Milei arrasó en las legislativas de octubre y, aunque su reelección en 2027 no está garantizada, el escenario no le es desfavorable: el peronismo se despedaza en una guerra interna entre Axel Kicillof y un kirchnerismo con Cristina Fernández cumpliendo condena, sin candidato común ni conducción clara, coqueteando con una fractura que evoca la de 2003.Fuera de la ola resisten los dos gigantes. En Brasil, Lula —que aspira a un cuarto mandato— lidera las encuestas frente a Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente preso e inhabilitado, y ha hecho de la soberanía y de los aranceles de Trump el eje de su campaña. En México, Claudia Sheinbaum gobierna con una Morena hegemónica y sin urnas a la vista. Las dos mayores economías de la región y, por ahora, las últimas trincheras de una izquierda en repliegue.
La extrema derecha se expande por toda América Latina bajo la sombra de Trump
La región vive un giro político impulsado por el ascenso de líderes que, con distintos matices, han adoptado la agenda y la retórica del trumpismo como eje de sus proyectos de gobierno....










