Hay una ola que tiñe de rojo MAGA el mapa de América Latina, ahora que candidatos fieles a la propuesta radical y vociferante del presidente Donald Trump alcanzan el poder. Y lo hacen por medio de votos contados de manera incuestionable. No es la vieja derecha tradicional conservadora, sino la extrema derecha con una propuesta alucinógena de megacárceles, mano dura contra los emigrantes, recortes masivos del gasto público que suprimen programas sociales, y alineamiento militar y de seguridad con el Escudo de las Américas, la alianza encabezada por Estados Unidos. No es poca cosa que, en medio de tantas carencias institucionales crónicas en nuestros países, entre la corrupción rampante, la debilidad de un sistema judicial influenciado por el narcotráfico, y el creciente poder político que en regiones enteras detenta el crimen organizado, tengamos sistemas electorales confiables, que puedan dilucidar resultados tan ajustados, como los de Perú y Colombia.​Pero que la diferencia en esas elecciones sea de tan pocos votos, como ya ocurrió el año pasado en Honduras, nos revela, a la vez, que el electorado se halla dividido por la mitad entre una propuesta de populismo de derecha contra otra propuesta de populismo de izquierda, lo que representa también una tajante división geográfica y social.En el Perú, la costa se volcó por Keiko Fujimori, heredera de su padre, Alberto Fujimori, convicto por crímenes de Estado; y la sierra de los cholos, las regiones más atrasadas, votó abrumadoramente por Roberto Sánchez, heredero de Pedro Castillo, depuesto tras un frustrado autogolpe de Estado, igual al que en su tiempo dio con éxito el dictador Fujimori. La diferencia entre ambos candidatos fue de apenas el 0,25%.Y en Colombia, las regiones de la periferia, las más pobres y las más golpeadas por la violencia, se decantaron por Iván Cepeda, el candidato de la izquierda populista de Petro, mientras el centro del país lo hizo por Abelardo de la Espriella, bendecido por Trump, y quien terminó ganando por el 1% de los votos.Las propuestas radicales encuentran adeptos entre todos los sectores sociales, y la polarización alcanza a los sectores más pobres, donde la extrema derecha ha logrado penetrar explotando la inseguridad ciudadana, clave del éxito de la popularidad de Bukele en El Salvador: megacárceles y suspensión de garantías, que sirve ahora como modelo en no pocos países, Chile, Colombia, o Ecuador, donde ha fracasado escandalosamente.La tensión entre los extremos, si los gobernantes apuntados a la derecha populista deciden llevar adelante sus propuestas, muchas de ellas demagógicas, encontrarán resistencia en la otra mitad, y en medio de la confrontación ningún país puede avanzar hacia el bienestar y la equidad y la paz social, que es lo que al fin y al cabo la gente busca.Como lo busca en Venezuela, donde no hay visos de que vaya a darse a corto plazo un restablecimiento democrático, y más bien persiste ese extraño modelo híbrido que se parece tanto al protectorado, con un Gobierno populista con el sello de izquierda chavista, en alianza con los Estados Unidos de Trump, algo insólito en la historia de América Latina, y que ojalá el terremoto ocurrido estos días no acabe de remachar, bajo pretexto de emergencia nacional.La gente aplaudió, sin duda, que se llevaran a Maduro a una cárcel en Nueva York, violación de la soberanía de por medio o no, siempre que esa acción diera paso al regreso inmediato de la democracia. Pero los meses pasan, y quienes entregaron a Maduro y formaron parte de su aparato político y represivo siguen administrando el poder bajo los dictados de Trump. Lo pongo mejor en las palabras de Miguel Henrique Otero, director del diario El Nacional, que se sigue editando desde el exilio: “No hay avance alguno. No hay debate democrático, no hay apertura política (…). Los cuerpos policiales y los servicios de inteligencia continúan espiando, fabricando expedientes (…). El asedio y chantaje a los presos políticos —militares y civiles— y a sus familiares continúa. Los jueces, principales extorsionadores, continúan con su sucia matraca, sin que nada ni nadie lo impida o lo castigue”.Ya El Nacional debía estarse editando en Caracas, y las instalaciones que le fueron confiscadas devueltas; ya todos los medios de comunicación deberían estar funcionado sin trabas, los presos políticos liberados todos, los exiliados de regreso, y un proceso electoral libre en marcha.En América Latina, la historia ha demostrado que tiene un comportamiento cíclico. Si hoy la ola dominante se mueve hacia la extrema derecha, los protectorados prolongados y la resurrección de la doctrina Monroe con gobernantes obsequiosos y serviles a la voluntad de Washington, puede revertir esa ola y resucitar el viejo nacionalismo antimperialista latinoamericano, que no ha desaparecido, sino que se halla agazapado, y despertará si se comienza a azuzarlo.Baste recordar la visita de buena voluntad a América Latina de Richard Nixon en 1958, entonces vicepresidente de Eisenhower, recibido a pedradas en Lima y en Caracas, cuando la ola se elevaba del otro lado.