DOMINGA.– En qué momento ocurrió. Cuándo pasó a ser normal asistir a un desfile de candidatos presidenciales latinoamericanos que prometen guerras, levantan motosierras, reivindican dictaduras, se sacan selfies frente a miles de presos o amenazan con borrar del mapa a su adversario (a veces metafóricamente, otras no). Y no sólo hacen todo eso, que ya sería mucho en un continente acostumbrado a lo demasiado, sino que son competitivos, ganan elecciones o llegan ahí justito, raspando.No es que las derechas antes fueran necesariamente eruditas, diplomáticas y sofisticadas. Pero hacían gala de mantener las apariencias o las investiduras: simulaban, al menos. Ahora no quedan formas en pie (siempre hay excepciones claro): esta época es un despliegue de desinhibición, de “maldad insolente” diría el tango, de ruptura de los límites. Y no pocas veces de alarde de ignorancia: ¿alguien se imagina al brasileño Jair Bolsonaro, al colombiano Abelardo de la Espriella o al mismo Donald Trump con un libro en la mano?
Santiago Peña, Luis Abinader, Nayib Bukele, Donald Trump, Mohamed Irfaan Ali, Rodrigo Paz Pereira y Javier Milei en la Cumbre Escudo de las Américas | AP
Pocas sociedades pueden decir a estas alturas que están vacunadas contra el fenómeno. Recuerdo la ilusión argentina en 2023 meses antes de las elecciones: era mayo, conversaba con la dirigente brasileña Manuela D’Ávila en Buenos Aires, alertaba sobre los riesgos de que efectivamente podía ganar Javier Milei, algo que para muchos en Argentina parecía ficcional. Acá no pasa, se decía, hay anticuerpos, se confiaba. Pocos meses después llegó el shock en las urnas que, visto a la distancia, era inevitable en vista del flaco gobierno que terminaba y la época que se había abierto.Con el resultado vino la gran pregunta: ¿cómo pudo pasar? La misma pregunta que apareció en Brasil 2018 con Bolsonaro. La que vendría en El Salvador con Nayib Bukele y sus altos índices de aprobación, otra vez en Estados Unidos (Trump reloaded), en Ecuador con Daniel Noboa, en Chile con José Antonio Kast, en Perú con Keiko Fujimori, en Colombia con Abelardo de la Espriella. Aún falta Brasil este año, donde Flávio Bolsonaro, hijo de Jair, busca llegar a la segunda vuelta en octubre. La tendencia es clara: los sinvergüenzas andan a sus anchas, estiran los límites y consiguen votos.La respuesta a por qué esto ocurre puede mirarse desde las dos caras de la moneda: porque existe una demanda social que produce un espacio disponible para la llegada de esos personajes, o porque existe una oferta diseñada para provocar esas demanda.En el primer caso, la mirada es sobre las sociedades, su insatisfacción y necesidad de ruptura; y en el segundo caso, en los estrategas o “ingenieros del caso”, como los tituló el politólogo Giuliano da Empoli, dedicados a producir estos experimentos políticos tan paradójicamente radicales como conservadores. Centrarse en lo segundo suele ser más sencillo que hacerlo en lo primero, que es un gran espejo incómodo donde mirarnos.Las derechas se radicalizan en América Latina






