Hay una no pequeña posibilidad de que a la legislatura le quede un máximo de 9 meses, y es no menos probable que esos nueve meses sean desde septiembre una larga carrera electoral. Lo que lleva consigo una cuestión de planteamiento: sin duda para la sedienta oposición será una ansiosa espera; pero no tendría ningún sentido que para la España de signo progresista fuera una especie de agonía. La primera manera de perder unas elecciones es darlas por perdidas.

Sería considerablemente necio hacer tal cosa, pero sobre todo sería una penosa certificación de que las maniobras de los poderes fácticos han tenido éxito, y por tanto una claudicación ante ellos. Aunque no fuera más que por motivos éticos, por puro respeto a la democracia, es preciso oponerse a esa claudicación.

Porque la ejecutoria de este Gobierno como tal Gobierno es considerablemente brillante a largo plazo, si tomamos como tal el conjunto de la gestión del Presidente Sánchez, y más que razonable a corto plazo, tomando como marco la legislatura que ahora concluye y sus dificultades.

A lo largo de ella se han rematado cosas de muy largo alcance -el encauzado del conflicto catalán, la transformación económica de España, su posicionamiento como actor importante en la política internacional- que constituyen bases fundamentales para el futuro, de las que se habla demasiado poco.