La fragilidad con la que se está desarrollando esta etapa de regreso al poder del Partido Socialista permite creer que cuando llegue el momento de pasar de nuevo a la oposición, lo hará exhausto y, seguramente, sin un líder claro. La verdad es que no será la primera vez que eso ocurre, porque en las dos ocasiones en las que se ha producido ese tránsito (fin del periodo de Felipe González y fin del periodo de José Luis Rodríguez Zapatero) ha ocurrido lo mismo. El tránsito se ha hecho de la peor manera posible. La sucesión de Felipe González se hizo en medio de fuertes disputas internas (y lo pagó Joaquín Almunia, que se hizo cargo de la transición, pero en pésimas condiciones), y la de Rodríguez Zapatero no fue distinta, con el enfrentamiento entre Alfredo Pérez Rubalcaba y Carme Chacón, que se decantó a favor de Rubalcaba, pero sin ofrecerle tampoco la menor posibilidad de éxito electoral.
Según lo manifestado por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la entrevista con Pepa Bueno, en TVE, con o sin presupuestos, piensa cumplir la totalidad de su mandato, es decir, no convocar elecciones hasta julio de 2027. Tal y como y como están las cosas, significa que los ciudadanos tienen por delante otros dos años en los que la oposición se limitará a intentar movilizar a la opinión pública contra una persona, Pedro Sánchez, sin ofrecer un programa de cambio político, y el Gobierno se mantendrá en La Moncloa con continuos episodios de clara inestabilidad, apostando por el posible efecto movilizador en la izquierda de la convergencia PP/Vox, pero sin disponer de fuerzas ni ánimos para reunir un grupo de caras nuevas con ideas que permita llegar a 2027 con cierta solvencia, si no en las elecciones generales, sí al menos en las municipales y autonómicas, de manera que su partido conserve un cierto poder territorial.






