La agonía del Gobierno, acosado por la corrupción y el machismo, sin Presupuestos y sin una mayoría parlamentaria estable, es a todas luces evidente
El PSOE y el PP son la clave de bóveda del sistema político español desde hace más de cuatro décadas. Los dos partidos se han alternado en el Gobierno en un renovado turnismo que ha dado a España una estabilidad y prosperidad notable y ha cimentado una democracia homologable a la de cualquier país occidental. Siendo ambos capitales, el PSOE ha tenido una influencia mayor, no solo porque ha gobernado 28 de los 48 años de la etapa democrática y tiene en su haber buena parte de las leyes que han transformado el país, sino porque sigue siendo la única formación con fuerza para provocar un terremoto sistémico.
Desde la Transición, el PSOE ha arrinconado su alma republicana, que la tiene, y ha evitado propiciar un debate sobre la forma de Estado, incluso en los momentos más complejos en los que empezó a emerger la podredumbre que rodeaba a Juan Carlos I. Mientras el compromiso de los socialistas con la Corona sea firme, y no hay motivos para pensar lo contrario, los arúspices que presagian desde hace lustros el derrumbe institucional de España no deberían tener motivos para situar a los socialistas extramuros del sistema, como frívolamente hacen de forma cotidiana.






