Vienen de Camerún, Nigeria, Senegal, Malí, Guinea o de la propia Costa de Marfil. Golpeados, perseguidos por la Policía, expulsados de casa por su familia, amenazados de muerte. Rotos por dentro. Aquí, en una discreta casa de tres alturas de un popular barrio de Abiyán, sin carteles ni placas en la puerta, encuentran un respiro, un lugar donde ser y estar, un hogar temporal. En un momento en que la homofobia se dispara por el continente y varios países endurecen las penas de cárcel contra los homosexuales, que exista un albergue para personas LGTBIQ+ en África parece un milagro. Con escasos recursos en tiempos de recortes de la ayuda internacional, la ONG Arc-en-Ciel les ofrece techo, comida, asistencia médica y apoyo psicológico. En Costa de Marfil, las relaciones entre personas del mismo sexo no están penalizadas, pero tampoco tienen ningún tipo de protección legal. En los últimos años el entorno social, político y religioso se ha vuelto cada vez más hostil con las minorías sexuales. No obstante, la situación no es tan radical como en otros países de África occidental. En los últimos meses, las leyes anti LGTBIQ+ se han endurecido en Níger, Burkina Faso y Senegal. En Ghana, el presidente John Mahama revisará con atención la legislación aprobada por el Parlamento que castiga a las minorías sexuales antes de firmarla. La puerta del centro está siempre entreabierta. Es, a la vez, una invitación a entrar para quien lo necesita y una barrera para las miradas indiscretas. “Tengo miedo de la gente”, dice Ichane, de 24 años, a quien acompañan las burlas y los insultos desde que era un niño. Nacido en una pequeña localidad de Costa de Marfil, decidió refugiarse en el bullicio de Abiyán. Pero no hay ciudad, por grande que sea, donde pudiera esconderse por mucho tiempo. “Trabajaba como cocinero, pero cuando se enteraron de mi orientación sexual me echaron a la calle”, asegura. Su familia tampoco quiso saber nada. Así que recogió sus pedacitos y se fue al albergue. Aún intenta ser feliz. Tengo más de 50 años y está claro que hemos ido hacia atrás. Es terrible lo que viven estos chicosElvis Gnao, fundador de Arc-en-CielPara Ousmane, senegalés de 28 años, la cosa es más difícil. “Dentro de lo que cabe, había tenido una vida tranquila. Salía con mis amigos, íbamos a la playa, tenía relaciones. Todo era a escondidas, por supuesto, pero no tenía ningún problema. Todo lo que pasó después me pilló por sorpresa”, comenta. El pasado mes de marzo, en medio de una brutal ola de homofobia, Senegal endureció las penas de cárcel contra los homosexuales. Desde entonces, decenas de personas han sido detenidas y prácticamente a diario se producen señalamientos públicos, acusaciones y linchamientos mediáticos. “De repente, la policía empezó a detener a mis amigos. Te sientes vigilado, te vuelves paranoico, no te atreves ni a salir de tu habitación. Hasta mi familia empezó a murmurar, sentía que en cualquier momento vendrían a por mí”, recuerda. El albergue, uno de los más grandes que existe en Costa de Marfil para personas LGTBIQ+, es austero. Unos 30 jóvenes comparten ocho pequeñas habitaciones donde todo el espacio disponible lo ocupan las literas. Además, cuenta con una cocina, dos oficinas, una sala de reuniones y un espacio para rezar o sentarse a mirar por la ventana, equipado tan solo con alfombras. Ellos mismos se encargan de la limpieza por turnos y de cocinar con el arroz que les suministra la ONG. Pero falta de todo. “Hacemos lo que podemos. Hasta hace poco recibíamos fondos de la cooperación estadounidense, pero los recortes de Trump nos han dejado sin nuestros principales ingresos. Sobrevivimos gracias a la ONG Solthis, que nos garantiza dos años más, pero después no sabemos si podremos continuar”, asegura Elvis Gnao, fundador de Arc-en-Ciel. Cierre de USAID La ayuda de USAID se interrumpió abruptamente en 2025. Cinco trabajadores de Arc-en-Ciel fueron despedidos, entre ellos dos agentes comunitarios que hacían prevención y sensibilización. “Las actividades se vieron muy afectadas, fue una catástrofe”, asegura Evariste Appia, director del albergue. Además, las personas seropositivas acuden con miedo al estigma a los centros de salud y hospitales. En los países donde existen penas de cárcel, algunos ni siquiera van a recibir tratamiento. “Tengo más de 50 años y está claro que hemos ido hacia atrás. Es terrible lo que viven estos chicos”, añade el fundador de Arc-en-Ciel. Ousmane pensó en beberse una botella de lejía. Pero un amigo le convenció de que viajaran juntos desde Senegal hasta Costa de Marfil para pedir refugio. A principios de abril, ambos tocaban a la puerta de la oficina de Acnur en Abiyán, pero no les dieron respuesta. “No teníamos dónde ir. Yo salí de casa sin nada para no levantar sospechas, ni dinero, ni ropa. Desesperados, buscamos en Internet y localizamos el centro de Arc-en-Ciel. Aquí nos dieron una cama y un poco de paz. Son personas como nosotros, me sentí aliviado por fin”. Aún así se le nota la pena hasta en la forma de andar. Nada más llegar al centro le hicieron el test del VIH: era seropositivo y no lo sabía. Tras dos meses y medio, acaba de volver a Senegal. “No quiero perder mi empleo y tenía que volver con mi madre. Ella pregunta todos los días por mí. Estoy aterrorizado, pero no podía seguir sin hacer nada”, comenta. Yo salí de casa sin nada para no levantar sospechas, ni dinero, ni ropaOusmane, senegalés de 28 añosMarie Laure Tanoh es la psicóloga del centro desde que abrió sus puertas hace seis años. “Llegan con angustia, ansiedad, estrés. Han perdido su trabajo, su familia, sus amigos. Tienen problemas para dormir. Se culpan a sí mismos por ser cómo son, muchos han intentado cambiar, pero su naturaleza es la que es. Eso es lo que tratamos de hacer aquí, que se acepten tal y como son”, asegura. Las autolesiones o intentos de suicidio se derivan a una unidad de psiquiatría. En muchas ocasiones a su baja autoestima se une el consumo de drogas, el VIH o las enfermedades de transmisión sexual. “Descuidan su protección personal”, añade Tanoh. Marie Laure Tanoh es la psicóloga del centro. Por su consultorio, han pasado hombres y mujeres con graves episodios de ansiedad y estrés. Alfredo CálizSouleymane, en las calles de Abiyán. Vive en el refugio de la ONG hace un año. "Creo en Dios, pero muchos días me pregunto por qué nos hace pasar por todo esto", se cuestiona.Alfredo CálizDos residentes del refugio de la ONG Arc-en-Ciel.Alfredo CálizLas personas acogidas en el albergue reciben comida, asistencia médica y apoyo psicológico. Alfredo CálizLa noche cae en el refugio, que atraviesa una crisis financiera. Los recortes ordenados por el presidente de EE UU, Donald Trump, dejaron a la organización sin una de sus principales fuentes de ingresos. De momento, una ONG francesa les ha garantizado recursos por un par de años más. Alfredo CálizLa homofobia es un fenómeno creciente en África. Una treintena de países africanos castigan con cárcel a quienes mantengan relaciones con una persona del mismo sexo e incluso en algunos de ellos, como Uganda, se enfrentan a la pena de muerte. En los últimos meses, países de África occidental también han criminalizado a esta población. Grupos extremistas religiosos, tanto cristianos como musulmanes, abanderan este combate contra una homosexualidad que describen como algo externo a África, importado de Occidente. Al mismo tiempo, grupos ultraconservadores externos, estadounidenses y de otros países de Norte global, impulsan o incluso financian estas iniciativas antigay en África. La policía se mete en las aplicaciones y en los grupos de WhatsApp, nos pone trampas para detenernos [...] Creo en Dios, pero muchos días me pregunto por qué nos hace pasar por todo estoSouleymaneLas relaciones entre personas del mismo sexo han existido siempre en África, igual que en Europa, Asia o América. Sin embargo, la narrativa de que la homosexualidad es una “perversión” procedente de Occidente prospera por toda África cuando, en realidad, la verdadera herencia colonial son las leyes y los códigos penales que criminalizan a los gais. Esta contradicción se pone de manifiesto en discursos como el del ex primer ministro de Senegal, Ousmane Sonko, el auténtico artífice de la ley que endureció las penas de cárcel en su país, quien en el Parlamento acusó a Occidente de pretender imponer la homosexualidad al resto del mundo. Esta es la misma postura que defienden grupos católicos y musulmanes de ultraderecha.Un lugar donde respirarSouleymane tiene tres cicatrices. Una en la cara, otra en el estómago y otra en el alma. Las dos primeras casi lo matan y la última, la menos visible, le ha convertido en un paria. Todo empezó con un despiste: se dejó el teléfono desbloqueado en su casa familiar. Entró una llamada, su tío contestó y su vida estalló en mil pedazos. Encontró mensajes, vídeos compartidos, rastros de encuentros furtivos. Al volver a casa le pegó una paliza y lo apuñaló. “Pasé tres días en el hospital, estuve a nada de morir”. Un amigo lo sacó a hurtadillas de su país y lo llevó a Malí. “Pero allí era lo mismo, no podías quedar con nadie porque la policía se mete en las aplicaciones y en los grupos de WhatsApp, nos pone trampas para detenernos. Así que hace un año llegué aquí en busca de protección. Creo en Dios, pero muchos días me pregunto por qué nos hace pasar por todo esto. Supongo que habrá una razón, pero aún no la he encontrado”, concluye. Hay días en que Samuel, camerunés de 28 años, se sienta en la puerta del centro con la mirada perdida. Los vecinos pasan y le lanzan miradas esquivas. A veces algún joven les increpa cuando salen y las madres agarran con fuerza las manos de sus hijos pequeños. “No entres nunca a la casa verde”, les dicen. Hasta ahora, nadie ha ido más allá porque la ONG mantiene buenas relaciones con el jefe tradicional del barrio, pero se nota que no son bienvenidos. Costa de Marfil es de los pocos países de la región donde la homosexualidad no está prohibida, pero la homofobia, que no sabe de leyes, va en aumento. En 2024, redes sociales como TikTok y Facebook se convirtieron en el escenario de una intensa campaña contra los woubis (como se conoce a los gais allí) que degeneró en agresiones por todo el país. Un grupo de jóvenes amenazó con quemar el centro y los usuarios fueron llevados a pisos seguros por una puerta trasera. Samuel se ha pasado media vida huyendo. Primero escapó de su país a Senegal, donde trabajaba en una empresa de comunicación, pero el pasado mes de enero la detención de un conocido periodista provocó un tsunami en la comunidad LGTBIQ+ de Dakar. “La policía rastreó su teléfono móvil y empezaron a tirar del hilo hasta que, un día, me llegó una notificación para que me presentara en la comisaría. Esa misma tarde me compré un billete de avión y vine a Abiyán, donde sabía que no nos perseguían. Al final acabé en este centro, donde las condiciones no son las mejores, pero al menos tenemos un sitio donde respirar. El problema es mi cabeza, estoy muy mal, apenas descanso. He sufrido mucho por ser homosexual, mi sueño es ir a Europa con una visa humanitaria, pero es muy difícil conseguirla”, explica. Escapar, Occidente, Europa. Ese es el mantra. Aterrizar en un lugar donde poder amar sin ser juzgado, sin esconderse. Moustapha tiene 39 años, trabaja en desarrollo comunitario y sigue en Senegal. “Desde enero me siento vulnerable por primera vez en mi vida. Cada vez que golpean mi puerta entro en pánico”, explica, “ya borré todas las fotos, desinstalé el Whatsapp, eliminé mi perfil de todas las aplicaciones. Me asusta quedar con nadie”. En 2023, una turba entró en el cementerio de Kaolack, desenterró el cuerpo de un joven al que consideraban homosexual y le prendió fuego en medio de la calle. El vídeo, que se hizo viral, pasa una y otra vez por la cabeza de Moustapha. “Ni siquiera a un cadáver le tienen respeto. Tengo amigos que han huido a Liberia, a Gambia, a Dubái. Pero incluso allí están en peligro. Europa es nuestro sueño, pero el visado es complicado. Estamos pidiendo ayuda desesperadamente, pero sentimos que nadie nos escucha”. He sufrido mucho por ser homosexual, mi sueño es ir a Europa con una visa humanitaria, pero es muy difícil conseguirlaSamuel, senegalésLydia, una nigeriana de 24 años, camina por los pasillos del centro en silencio, discreta, atenta a todo. Al no hablar bien francés está un poco más perdida que el resto. “Me fui a Lagos y allí hice mi transición. Pero en mi país hay mucha violencia, especialmente contra las personas transgénero. Un día la cosa fue a más. Me golpearon por la calle, me arrastraron por el suelo e hicieron vídeos que subieron a las redes sociales. Dijeron que me matarían”, recuerda. Una mujer la ayudó a escapar convenciéndola de ir a Costa de Marfil para trabajar como limpiadora, pero acabó en una red de prostitución. Y escapó de nuevo. “Solo quiero sentirme segura”, dice. Ichane y Abdou son inseparables. Van escaleras arriba y abajo arrancando una sonrisa a sus compañeros recién llegados, tratando de que se sientan seguros, ofreciendo el calor de un hombro amigo y una conversación. Abdou es de los más veteranos del centro. Pasó dos semanas durmiendo en la calle, bajo la mesa de un vendedor de atieké (un plato típico del país), después de que su tía lo echara de su casa al enterarse de su orientación sexual. Intentó volver al pueblo, pero un hermano de su madre le pegó una paliza con un cinturón. Va al instituto y sueña con ser director de cine o periodista porque quiere contar su historia. “Una serie con muchos episodios”, dice con una sonrisa misteriosa, “lo que no sé aún es si tendrá un final feliz. Aquí he aprendido a aceptarme como soy, el resto Dios dirá”, concluye.
Un refugio en el que amar sin ser juzgado: jóvenes gays escapan a Costa de Marfil de la represión homófoba en África
La ofensiva anti LGTBIQ+ avanza en el continente, alentada por grupos ultraconservadores occidentales y otros extremistas. Decenas de huidos encuentran refugio en un discreto albergue en Abiyán y su relato es una radiografía de la violencia que les persigue












