Migrantes detenidos del colectivo LGTBI+ denuncian acoso, abuso, aislamiento, violencia y una serie de prácticas que vulneran sus derechos

Hay guardias terribles, pero también algunos “buenos” en el centro de detención de Krome, en Miami. Uno de esos le alcanzó a Juan Girón una carta a nombre de Kimberly, la chica trans que conoció cuando iba al baño y que le gritó: “Oye, niña, psss, hola”. Ahora podría decirse que él y Kimberly son amigos. Le rega...

ló un escapulario y se emocionan cuando se ven en el patio, durante la hora de sol que les es permitida cada día, o cuando se escriben como si en realidad se conocieran de siempre, con la consciencia de haber tenido la suerte de encontrarse.

En la celda de aislamiento donde está desde hace unos días, Girón recibió la misiva. “Espero que estés bien y que hayas descansado”, le dijo Kimberly, de quien Girón no conoce mucho, pero sí que vino de Colombia por la misma razón que hace tres años él se fue de Nicaragua: por la violencia. Las noticias de la amiga no son buenas. Un policía le cayó a golpes y tuvo que someterse a una cirugía. “Me operaron, porque el policía que me pegó me partió dos costillas y me reventó el pulmón”, escribe Kimberly. No le cuenta mucho más y se despide: “Estoy aquí, pero es muy difícil porque los hombres te tratan muy mal. A veces me deprimo mucho, pero para adelante, la vida sigue”.