Yasmina tiene 23 años y llegó al módulo de mujeres de la prisión de Brians 1 hace cinco meses. Cumple sentencia por un robo con fuerza en una clínica dental que ni recuerda, dice, porque aquel día iba “muy drogada”. Si la cárcel ya es un medio hostil para cualquiera, su ingreso se vio agravado por la relación que mantenía con algunas presas y una pelea. La dirección apenas tardó tres meses en seleccionarla para que entrara en una especie de burbuja penitenciaria. “Aquí estamos personas más vulnerables, que hemos sufrido extorsiones y somos más sensibles”, lee, algo nerviosa, en un pequeño trozo de papel en el que ha escrito unas cuantas cosas que no quería olvidar.
Ese “aquí” es la unidad de intervención compensatoria (UIC), un espacio en el que una veintena de reclusas —ahora son 17— conviven al margen del resto de presas, que hacen vida en el piso inferior, “abajo”, como dicen. Ese adverbio se va colando en todas las conversaciones, funciona casi como un antónimo de “aquí” en un amplio abanico de contextos: desde el lugar hasta la tensión que se vive o el espíritu de grupo. Las usuarias de la UIC van “abajo” únicamente cuando tienen que ir a sus celdas, y cada vez que lo hacen van en grupo y con los pasillos vacíos.






