Elena mira a su hijo a través del cristal. “¿Cómo has acabado así?”, le dice. No se ha atrevido a preguntárselo en todos los meses que lleva preso por delitos relacionados con drogas. Él da una respuesta vaga, alude a la juventud y a las malas compañías. En las semanas sucesivas, ambos profundizan en la cuestión. Condenado en la cárcel de Valdemoro (Madrid) ha introducido a su madre en un mundo desconocido e ingrato para ella.

Cuando una persona ingresa en prisión, no solo cambia su vida, también lo hace la de quienes se quedan fuera. En España hay 60.938 reclusos, según datos de Instituciones Penitenciarias de mayo de 2025. Son 60.938 historias a un lado y otro de las rejas.

La visita semanal de alguien del exterior se convierte en el mayor aliciente de los internos. Y eso es mucha responsabilidad para los familiares, que, después de una semana agotadora, tienen que invertir casi todo un día para 45 minutos de cara a cara. Porque muchos de los que visitan la cárcel cada semana no disponen de vehículo propio o de dinero suficiente para costear el viaje si no es en transporte público.

Y no todos los centros penitenciarios están bien conectados. De hecho, hay algunos a los que no llega ningún medio de transporte público. Por ejemplo, el único modo para ir a la prisión de Herrera de la Mancha, con una población reclusa de unos 400 internos, es el coche. Lo mismo sucede con la prisión de Logroño y el centro de Sevilla II, a 80 kilómetros de la capital andaluza, con la cárcel de Albacete y la de Segovia, por citar algunos ejemplos.