—¿Qué haces en mitad de la puerta? ¿Te pasa algo? ¿Te pasa algo? ¡Tira!...

Las manos cubiertas con guantes quirúrgicos de un trabajador del centro de acogida de Hortaleza (Madrid) acompañan con un empujón a esa orden. Al otro lado del empellón hay un adolescente extranjero con el pelo despeinado, la cara adormecida, y el cuerpo interpuesto entre el interior de la instalación, y la calle. La puerta debe estar cerrada, le dicen de mala manera. Por su seguridad. Por la del trabajador. Y por la de la gente de fuera. La tensión se palpa en el ambiente desde que el viernes 29 de agosto un menor residente en el centro fue detenido como presunto autor de la violación de una niña de 14 años. El domingo 31, dos residentes fueron agredidos en la calle por unos encapuchados. Y este martes, decidido a convertir este centro y este barrio en el escenario desde el que lanzar una ola antiinmigración que barra Madrid y España entera, Vox convocó un acto para reclamar su cierre. Su lema (“Vecino: exige seguridad”) simplifica una situación extremadamente compleja.

“Aquí hay gente que roba y gente que somos tranquilos”, cuenta Othmane, que ha llegado al centro desde Marruecos, dice, con visa, y ahora se dirige a un cercano parque con tres compañeros para pasar la mañana “tranquilos”. “Y eso es lo que la gente no diferencia, no distingue”, añade mezclando español y francés con cara de niño, aunque tiene 17 años, y ya hace las cuentas para que se acabe su estancia en el centro, al cumplir la mayoría de edad: le falta un mes y dos semanas. Un problema más en una situación llena de problemas.