Con solo una mochila, una camisa y un pantalón, Kary Rojas Lanuza tuvo que abandonar a los 26 años su vida tal y como la conocía. Era de noche cuando cruzó la frontera de Nicaragua el 7 de abril de 2019. No fue una decisión meditada ni una aventura buscada, sin embargo, esa huida era “muy necesaria”.

Así lo comparte en una entrevista a elDiario.es, donde asegura que detrás quedaron su familia, sus amigos, su trabajo y un país que, según denuncia, dejó de ser seguro para él por motivos políticos y por pertenecer a la comunidad LGTBIQ+.

Ahora, a sus 33 años, vive en Zaragoza y, aunque trabaja como encargado de un restaurante, continúa ejerciendo el activismo en defensa de los derechos humanos y de la diversidad porque “no hay que olvidar que la lucha sigue”.

“Salí huyendo porque tenía miedo de que me detuvieran de manera arbitraria, sin derecho a defenderme”, recuerda. Tras cruzar la frontera llegó a Costa Rica junto a quien hoy es su esposo. Allí, lejos de sentir alivio inmediato, recibió el golpe de la realidad: “Cuando llegué a San José me puse a llorar porque me di cuenta de que había perdido todo. Mi familia, mi trabajo, mis cosas, todo aquello por lo que había luchado”.

Aquella primera noche en Costa Rica la pasó sin saber dónde dormiría ni qué iba a comer al día siguiente. Apenas llevaba unos pocos colones en el bolsillo. “No conocía a nadie, no sabía qué organizaciones podían ayudarme. Fue un proceso muy duro, física y emocionalmente”, sostiene.