En Bamako, la criminalización de la homosexualidad ha empujado a cientos de ciudadanos a una clandestinidad silenciosa que revela la deriva autoritaria del país
Aminata guarda el teléfono en el fondo del bolso antes de salir de casa. No es una manía ni una precaución menor. Es una rutina aprendida. En Bamako, desde que Malí reformó su Código Penal para criminalizar explícitamente las relaciones entre personas del mismo sexo, la seguridad empieza por ocultar huellas.
Aminata tiene 27 años y vive en el modesto barrio de Badalabougou en Bamako. Hasta hace dos años trabajaba como mediadora comunitaria en un pequeño proyecto de salud urbana. El proyecto cerró poco después de que la nueva legislación entrara en vigor. “Nunca nos dijeron que era por la ley”, explica. “Solo que ya no era seguro seguir”. Desde entonces, encadena trabajos informales y ha reducido su vida social al mínimo imprescindible.
La reforma penal, aprobada en 2024 y consolidada en 2025, marcó un antes y un después. Mali pasó de un marco legal ambiguo —donde la homosexualidad no estaba explícitamente tipificada como delito— a uno en el que las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo pueden ser duramente castigadas.






