La imagen de tolerancia hacia la homosexualidad en Marruecos reflejada en la obra de autores como el estadounidense Paul Bowles, en Tánger, o el español Juan Goytisolo, en Marraquech, choca con la represión que sufre el colectivo LGTBIQ+ en el país magrebí si sale de la esfera más privada y osa expresar la diversidad sexual en público. La detención esta semana de la activista Ibtissam Betty Lachgar, de 50 años, acusada por la Fiscalía de blasfemia por exhibirse en las redes sociales con una camiseta con la leyenda “Dios es lesbiana” ha reavivado el debate sobre la despenalización de la homosexualidad, además de poner de relieve los límites de la libertad de expresión.

El Código Penal marroquí castiga con penas de entre seis meses y tres años de cárcel los “actos de desviación” por mantener relaciones sexuales entre personas del mismo sexo. Organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos como Human Rights Watch (HRW) denuncian una legislación que restringe las libertades individuales y cuestiona el principio de no discriminación reconocido en la Constitución de 2011, aprobada en plena Primavera Árabe. HRW cita el caso de un universitario gay que fue expulsado de casa por su familia tras desvelarse su orientación sexual en las redes sociales. “He dormido en la calle y no tengo dónde ir”, lamentaba el joven.