Desconfianza creciente hacia quien gobierna, escepticismo ante la posible alternativa, polarización, problemas de gobernabilidad… Parece que hablo de España, ¿verdad? Pues no, hablo de cualquiera de las democracias europeas. A todo lo anterior, en nuestro caso habría que añadir un elemento del que no es para sentirse orgullosos: la corrupción. Fue la causa del final del Gobierno de Rajoy y probablemente arrastrará también a Sánchez, aunque de esto último me ocuparé más adelante. Ahora me interesa reafirmar la idea. Tenemos la ética pública hecha unos zorros, pero esta solo tiende a resultar escandalosa cuando afecta al adversario. Fue la razón fundamental para entronizar al actual presidente; ahora es la espada que se blande para acabar con él.Con esto no quiero abundar en el ya casi mítico “y tú también”, que merece figurar como uno de los latiguillos favoritos de nuestra política, sino detenerme en el deterioro que significa para nuestra cultura cívica el hecho de que no sean los propios partidos quienes acometan una drástica limpieza interna cada vez que asoma el más mínimo indicio de conductas de ese tipo. Tampoco asumen, con rapidez y determinación, las responsabilidades políticas que les corresponden, sino que se parapetan tras estrategias de justificación o esperan las sentencias judiciales. Al final, casi todo acaba saliendo a la luz, y entonces es cuando han de aceptar las consecuencias.Después de ser desalojado del poder, el PP de Rajoy atravesó un calvario de luchas intestinas y sufrió el abandono de la política de muchos de sus cuadros más experimentados hasta llegar a la más bien insulsa paz introducida por Feijóo. Si nos remontamos más atrás en el tiempo, fueron los escándalos que afectaron al felipismo los que abrieron las puertas a Aznar. Hay, pues, un claro hilo que conecta venalidad política a cambio de ciclo y también conduce a la propia erosión interior de los partidos afectados. En estos momentos es la losa más pesada que pende sobre el Gobierno, hasta el punto de hacer casi imposible hablar de cualquier otra cosa. Más aún si se tiene en cuenta que el ciclo sanchista se construyó sobre el relato de la superioridad moral, su coalición parlamentaria aparece cada vez más fragmentada y escéptica sobre la continuidad de la legislatura, y la maquinaria judicial sigue implacable.Con todo, nadie cree que se convoquen pronto nuevas elecciones, salvo que no salga adelante el ya anunciado proyecto de Presupuestos. Me parece un error, porque supone encubrir los escándalos bajo el argumento de la ingobernabilidad. Pero ahora parece que toca cerrar filas para minimizar los daños; para empezar, reajustando el discurso recurriendo al acoso judicial, que recuerda a las críticas que en su día dirigió el PP contra el juez De Prada a raíz de la sentencia que condenó a este partido. Lo que necesitamos, por el contrario, es una verdadera catarsis que purifique un mal que tanto ha marcado nuestro devenir democrático, esa fea mancha que todo lo ensucia. Y ello exige ir más allá de los partidos; también requiere, entre otras cosas, evitar la filtración de los sumarios, defender la presunción de inocencia y eludir los juicios mediáticos paralelos, pero, sobre todo, establecer las garantías legales necesarias para eliminar cualquier posibilidad de caer en estas prácticas. No asumidas otras responsabilidades políticas, el elemento catártico fundamental es, obviamente, convocar elecciones, sujetarse al juicio de los ciudadanos. Pero estas no tardarán en llegar en todo caso, así que, bien pensado, quizá fuera preferible una moción de censura. No triunfaría, pero al menos nos permitiría saber en qué consiste la alternativa que ofrece la oposición, el eventual paisaje después de Sánchez.