Es habitual definir la corrupción en España como sistémica pero pocas veces se explica como un proceso histórico. Inevitable, común o la de siempre, la llamemos como la llamemos, entendemos el fenómeno como parte de nuestro presente, cuando lo cierto es que recorre toda la etapa contemporánea.

Aunque despega con el caciquismo, el intercambio de servicios por favores políticos es una práctica habitual antes de la Restauración. La aristocracia y la burguesía de los negocios encuentran, finalmente, una causa común en la articulación del Estado liberal, en la desamortización y en el trazado del ferrocarril. El escándalo por las concesiones a empresas extranjeras afecta a Isabel II, acusada también de vender patrimonio nacional. Por primera vez, se constituye una alternativa, el Sexenio Democrático, que se presenta como la “España con honra” contra el desfalco de la Hacienda. Pero encalla con la dimisión de Práxedes Mateo Sagasta tras una campaña financiada con fondos públicos. El modelo canovista se basa en la alternancia de dos grandes partidos dinásticos, y, sobre todo, en la exclusión de todos los demás. La llegada del sufragio universal masculino en 1890 y el crecimiento de las ciudades obliga a perfeccionar el encasillado “de turno”. Nace así una expresión muy usada todavía hoy. El desastre colonial, tras el agujero del presupuesto de Ultramar, abre un profundo debate para acabar con los males endémicos del país. Vinculado a la generación del 98, el regeneracionismo formula un proyecto integral para sanear la vida pública. Pero se impone la continuidad, incluso entre los más reformistas. Segismundo Moret, líder del Partido Liberal y presidente del Gobierno en 1905 y en 1909, es diputado por Ciudad Real, como su yerno. Lo primero que este debe hacer tras ser nombrado administrador de la empresa concesionaria del ferrocarril Madrid-Cáceres es indemnizar a los compromisarios que le han asegurado sus votos a cambio de las expropiaciones.