Nuestra arquitectura institucional se ha vertebrado con particularidades que favorecen la corrupción
Dicen que ha regresado la corrupción de siempre. En realidad, estas conductas deshonestas nunca desaparecieron. La cronología de los hechos referentes a los últimos escándalos es significativa: su origen se remonta a varios años atrás, aunque algunos de sus tentáculos hayan operado hasta hace poco. Hay que diferenciar entre la perpetración del delito y su descubrimiento.
La corrupción conocida es la punta del iceberg, porque se trata de una forma de delincuencia difícil de detectar. La posibilidad de que se exteriorice depende de bastantes factores. A veces el fuego amigo la pone al descubierto. Otras veces hay arrepentidos que tiran de la manta o de los mensajes del terminal telefónico. En ocasiones hay investigaciones periodísticas o policiales que milagrosamente acaban cuajando. Lo cierto es que nunca sabremos nada sobre la actuación de muchas tramas.
En todo caso, los indicadores más diversos corroboran la gravedad de los problemas de corrupción política en España. Esta irritante persistencia no se debe a razones culturales, geográficas, biológicas, gastronómicas o climáticas. Como demostraron con abundantes datos Daron Acemoglu y James A. Robinson, la corrupción es uno de los síntomas más acusados de determinadas debilidades institucionales. Hay países que pueden presumir hoy de instituciones limpias, pero en el siglo XIX sufrieron comportamientos indecentes muy arraigados, que eliminaron con notables mejoras con las que construyeron democracias avanzadas.






