Si hablo de una criatura de carne firme y jugosa embuchada en un traje de color burdeos, vistoso y reluciente, de tacto sintético y reflejos metalizados, con tendencia a dejar tras de sí un rastro de manos manchadas de rojo, nadie podría saber si me refiero a Robert Downey Jr. haciendo de Iron Man o a las cerezas. En junio, estas primas de las ciruelas, los melocotones y los albaricoques, criaturas todas ellas con un corazón preñado de cianuro tan tóxico como el del héroe de Marvel, llegan al mercado y se ofrecen a plena luz del día, sin pudor alguno, a la vista de todos, como una montaña de carnes prietas en maillot de lycra carmesí en formación piramidal. Hay quien va por el mundo anunciando que compra cerezas de proximidad para luchar contra el cambio climático y para apoyar al pequeño productor. Yo estoy superconcienciada, tengo unos valores la mar de bonitos, muy acordes con la mayor parte de los eslóganes de moda, pero por más que me esfuerzo, no consigo comprar cerezas sin haber antes caído, loca de deseo, en sus redes de seducción. No recuerdo haber comprado ni una sola vez cerezas para salvar a los pequeños agricultores. ¡Qué le voy a hacer, pobre de mí, si las compro porque me gustan! Las primeras, confieso, las cojo por amor a otro. Porque un clavo saca a otro clavo y ellas me ayudan a sobrellevar el duelo por la marcha de los nísperos, que duran un suspiro. Pasado el fervor inicial, claro, las cerezas son como todo, y a partir de ahí, aunque me gusten mucho, las compro solo cuando me apetecen. Otras, las compro porque no he encontrado el cartelito con el precio por ningún lado, he invertido todo mi arrojo en preguntarle al tendero cuánto valen, y después no me ha quedado coraje para decir “pues no quiero”, y me he llevado medio kilito, por no quedar mal. Cuando el vendedor me ofrece una gratis para probarla, también suelo coger unas cuantas, aunque en el fondo no quiera, porque me da vergüenza, después del regalo, irme sin comprar. Cuando no me las llevo, aunque las quiera, eso sí, es cuando la presbicia me da tregua y me doy cuenta de que el cartelito dice el precio por cien gramos en vez de por un kilo. En casa no estamos tan boyantes como para comprar fruta con métricas de joyería. Pero sí nos dejamos atraer por las cosas bonitas, como las urracas. Puede que sean de kilómetro cero, de agricultura biodinámica y que estén rebosantes de antioxidantes, fibra, vitaminas A y C y una pequeña dosis de melatonina, tan conveniente para dormir, pero si las cerezas no tienen buena pinta, no las cogeré. Nadie sale de casa en busca de cerezas ecológicas de pequeño productor porque sean sostenibles ni porque tengan un gran valor nutricional. Quien va al mercado a por cerezas ecológicas, hipermeganutritivas y de proximidad, las quiere porque le gustan y porque le apetecen, y se las lleva porque se las puede permitir. Para quien no se las puede permitir, esas cerezas siguen teniendo un montón de magníficas cualidades para el cuerpo en concreto y para el mundo en general. Pero no se las compra, porque no las puede pagar. A quien no le gustan las cerezas, porque las encuentra demasiado dulces o ácidas, porque le dan dentera, o porque les cogió manía años atrás, el día en que le hincó el diente a una, cometió el error de observar de cerca la media cereza roída que le quedó entre los dedos y vio un gusano blanco y rechoncho retorciéndose... A ese ya le podemos contar películas. Comprará melones ecológicos, albaricoques ecológicos o pomelos ecológicos. No cerezas. Decidimos con el cuerpo y con la piel. El bolsillo dibuja la línea que separa lo posible de lo imposible. Y la razón llega después, no a provocar la decisión, sino a darle una última capa de barniz a lo ya decidido. ¿Por qué compras cerezas? Antes que nada, porque quieres y porque puedes.
¿Por qué compramos cerezas? Y por qué mentimos al responder
Las primeras, confieso, las cojo por amor a otro. Porque un clavo saca a otro clavo y ellas me ayudan a sobrellevar el duelo por la marcha de los nísperos, que duran un suspiro










