Cualquier niño pequeño que una tarde de verano haya saltado de la bici para robar fruta del árbol del vecino sabe que en la historia de la humanidad nunca ha habido ninguna fruta prohibida por la que no haya merecido la pena meterse en problemas. Las frutas pulposas con hueso son las golosinas de la naturaleza, y el sabor de los albaricoques frescos es el de las risas sonoras, las mañanas luminosas y las canciones de madera armenia.

Yo podría vivir de pan, queso seco de oveja y albaricoques en una madriguera con la entrada pequeña, protegida por rocas detenidamente seleccionadas, dispuestas con sumo gusto, allende la última encina, al final de un campo de cebada que hubiese sido sembrada en invierno. Saldría al atardecer con los grillos, para ir a tumbarme a orillas de la charca, donde anunciaría, cantando entre los juncos, con ranitas en el pelo y entre los dedos, la venida de la lluvia. Ellas se comerían los mosquitos, y yo sabría tocar el flautín duduk.

El nombre armenio del duduk, tsiranapok, se traduce a menudo como “flauta de albaricoque”, pero en realidad significa “el alma del albaricoque”, porque el instrumento se fabrica con la madera de este árbol, y eso le da una resonancia confitada y extraña, algo más grave que la de la flauta dulce corriente, parecida a la de la voz humana. El del duduk es un canto místico, solemne y grandioso, que viene de muy adentro y de muy lejos. Su música fue reconocida por la Unesco como tesoro cultural inmaterial de Armenia, y en 2005, el canto del duduk fue declarado una obra de arte del patrimonio intangible de la humanidad.