No son frutas, sino golosinas, con las que se puede preparar un brebaje otoñal muy reconfortante
Comer mandarinas es la manera perfecta de sentir en el pecho el estallido de alegría de vivir que da ir por el mundo en camisa hawaiana, sin tener que pasar por la vergüenza de ponerse una. Sobre todo, ahora que refresca....
Como cajitas de comprimidos de sol de verano en conserva o linternas para atravesar la oscuridad invernal, las mandarinas huelen a boda al aire libre, a madera encerada de barca, a farolillos de colores en ramas de cerezos y a tirarse en el sofá en pijama a escuchar Belle and Sebastian. Por su carácter infantil, son demasiado dulces para ser tomadas en serio. Nunca se ha visto un alto ejecutivo comer mandarinas en una reunión de balance de resultados de final de trimestre. Si eso pasase, al instante, la presentación de diapositivas mostraría, proyectada en la pared de la sala, la imagen de ese hombre en cuclillas en el patio de un colegio, con las mangas de la bata arremangadas, observando muy detenidamente un hilillo de hormigas.
Las mandarinas no son frutas. Son golosinas. Y suelen ir con juguete de regalo: esas pequeñas pegatinas que llevan en la piel, enganchadas en las puntas de los dedos, hacen unas magníficas uñas de diseño.






