Hay preguntas que nos formulamos de manera recurrente y que terminan haciéndose bola por falta de respuestas. O fenómenos que etiquetamos con grandilocuencia como aquello de la gran renuncia (Made in USA) sin abordar con rigurosidad las causas. En España, por ejemplo, hace años que venimos caminando en círculo sobre un nuevo dilema: ¿por qué faltan trabajadores en la hostelería? La respuesta, curiosamente, suele buscarse en cualquier sitio. Menos donde está.

Hay heraldos que aseguran que las nuevas generaciones no quieren trabajar, que hay una generación de cristal, alérgica a dos palabras profundamente morales en el trabajo: “esfuerzo” y “sacrificio”. Otros hablan de una misteriosa epidemia de vagancia y holganza colectiva que parece extrañamente selectiva cebándose exclusivamente con camareros, cocineros y personal de sala. Algunos incluso imaginan que miles de profesionales han decidido retirarse a una isla paradisíaca para vivir de rentas, o de cuantiosos subsidios o “paguitas”, acariciando sus gatos en hamacas mientras esbozan una sonrisa maléfica. Pero la realidad suele ser bastante menos exótica y responde a realidades incómodas, perfectamente entendibles.