En los últimos años, el debate sobre la evolución de la economía española se ha centrado en la dicotomía entre productividad y empleo. Muchos son los analistas que alertan de que el crecimiento del PIB en términos agregados no se debe al mayor peso de sectores de alto valor añadido, con profesionales más cualificados y con salarios más altos, sino al ingente volumen de mano de obra que 'consumen' actividades menos productivas (y peor retribuidas) como la hostelería, el comercio, la logística y la construcción. Una evolución que recuerda a la vivida antes de la Gran Recesión, pero que en el contexto actual refleja un escenario muy diferente y no precisamente mejor.En el centro de esta paradoja se sitúa la precariedad laboral. Un término que engloba múltiples desequilibrios del mercado laboral (desempleo, volatilidad, temporalidad, parcialidad, bajos salarios, horarios...) pero que se puede englobar bajo el paraguas de la "demanda insatisfecha" de empleo. Es decir, la brecha entre los trabajadores que encuentran un trabajo en condiciones adecuadas y los que no, un indicador clave del mercado de trabajo que en España muestra una clara ineficiencia.
El análisis de esta cuestión enlaza con la hipótesis de que España crece en número, no en calidad de empleos. También ayuda a entender numerosas contradicciones actuales de la economía española. Sin burbujas como las inmobiliarias y financieras que se produjeron en los primeros años del siglo, el actual récord del empleo parece más sólido a largo plazo, pero no se traslada a los salarios ni a otras cuestiones fundamentales para los ciudadanos, como el acceso a la vivienda o la sostenibilidad de las pensiones. Tampoco el paro se reduce con la intensidad que cabría esperarse cuando el número de ocupados bate un récord histórico de más de 22 millones. Ahora bien, ¿cómo se mide este indicador?








