Las cifras macro de la economía española son deslumbrantes. El PIB creció un 16% entre 2022 y 2025 frente a una media del 6,5% en la eurozona. El empleo está en máximos históricos con unos 21,4 millones de ocupados. Y el superávit por cuenta corriente, impulsado por el turismo, se sitúa en torno al 2%-3% del PIB. Sin embargo, el trabajador medio percibe que su poder adquisitivo no refleja ni de lejos semejante expansión. El milagro económico español, que suscita sorpresa e incluso admiración en otro países, exhibe deficiencias que el debate político, sumido en la polarización, ignora de forma reiterada. Detrás de los datos del PIB hay un modelo que crece apoyándose en bajos salarios, empresas pequeñas e inversión modesta más que en productividad, innovación o valor añadido. Todo ello empieza a dibujar una economía low cost. Por un lado, más del 94% del tejido empresarial español está formado por empresas de menos de 10 trabajadores. Y menos tamaño significa menos capacidad financiera, menos velocidad de respuesta y menor inversión. España destina alrededor del 1,4% del PIB a investigación y desarrollo, según Eurostat, muy por debajo de la media europea (2,2%). La mitad de ese esfuerzo es privado, pero dos tercios del gasto lo realizan las grandes compañías, que no son representativas del tejido empresarial del país. En la parte de los sueldos, aunque el salario mínimo acumula una subida de más del 60% en los últimos ocho años, la mejora no ha empujado hacia arriba al resto. La remuneración de los trabajadores permanece prácticamente estancada desde hace tres décadas porque la inflación se ha comido las subidas. Eso tiene consecuencias: España es el tercer país de la UE con mayor tasa de trabajadores en riesgo de pobreza, un 11,2%, solo tras Luxemburgo y Bulgaria. Crecer no es por sí solo converger con Europa. El PIB per capita ajustado por poder adquisitivo se sitúa en torno al 92% de la media de la UE, más de 20 puntos por debajo de la economía alemana y cerca de 10 por debajo de Francia. La brecha se recorta, pero a un ritmo insatisfactorio. Es relevante el diagnóstico que el Consejo de la Productividad de España presentó el pasado marzo sobre los límites a la convergencia económica: entre 1995 y 2017, la productividad cayó alrededor de un 10,5% en España frente a un aumento del 1,4% en la eurozona y un 4,5% en la UE. Y entre 2022 y 2025, años en los que la economía ha exhibido un comportamiento diferencial tan positivo, apenas mejoró un 1%. La productividad es, a juicio de los expertos, el único factor que puede permitir crecer de forma sostenida y mejorar el bienestar a largo plazo. Ese es el debate de mirada larga, pensando en el bienestar de los ciudadanos, la reducción de las desigualdades y el futuro del país, que debería ser central en las agendas de los partidos.
España, una economía de bajo coste
El crecimiento del PIB oculta el estancamiento de los salarios durante décadas y un pobre tejido empresarial








