Raúl trabaja en un polígono industrial. No puede volver a casa al mediodía a comer porque no le da tiempo. A un lado de la calle tiene un restaurante que ofrece menú del día con entrante, principal, bebida y postre a 16 euros. Hace cuatro años costaba 13. Al otro lado, tiene un Mercadona, donde puede comer un plato de lentejas con chorizo, de macarrones a la boloñesa o de pollo al curry con arroz, precocinados, con bebida, una fruta y café por 6 euros. El Gremio de Restauración de Barcelona ha denunciado a 30 establecimientos de Mercadona que tienen zona de degustación de productos precocinados por “intrusismo” e incumplimiento de normativa, y avisa de que su intención es ampliar, en breve, esta acción, a otras cadenas, así como elevar el caso a la Fiscalía en caso de que consideren que el Ayuntamiento no actúa como debería. El Gremio sostiene que este tipo de actividad es competencia desleal, que lo que estos supermercados hacen es canibalizar una parte del negocio de la restauración jugando con reglamentos, licencias y cargas fiscales distintas. El puntal de su argumentación es la base de todo sistema democrático que pretenda ser justo: “las normas se deben cumplir y los límites se han de respetar”. Pero un “mercaurante” no es ilegal de por sí. La Ley catalana 18/2017 de comercio, servicios y ferias regula y legaliza las zonas de degustación. El artículo 11 las considera actividad comercial a todos los efectos siempre que no superen el 33% de la superficie de venta ni los 30 metros cuadrados. Solo por encima de ese umbral deben ajustarse a la normativa de bares y restaurantes. A nivel municipal, la ordenanza de Barcelona prohíbe específicamente que en el espacio entre la línea de cajas y la puerta de salida se realice ninguna actividad comercial. La defensa de Mercadona es hábil, rehúye la retórica, y se ciñe al ámbito estrictamente jurídico: el pleito no va de intrusismo sí o intrusismo no, sino que es una cuestión de metros cuadrados, porcentajes y calificaciones. Con la frase “no cobramos ningún servicio entre la línea de cajas y la puerta de salida”, Mercadona se inserta en los márgenes comprendidos por la ordenanza municipal. Las redes, mientras tanto, arden de comentarios que ponen de manifiesto el fondo de la cuestión, que no es tanto un conflicto entre el Gremio de Restauración barcelonés y Mercadona en concreto, sino entre necesidades humanas reales y diferentes modelos de futuro para la restauración de este país. En el mismo escenario convergen la caída en picado de la renta disponible de las familias después de haber pagado el techo, y la subida desorbitada de los costes estructurales que soportan bares y restaurantes, que hace que la rentabilidad del menú del día, tal y como lo entendemos hoy, trastabille. Y Raúl necesita tanto comer como llegar a fin de mes. La necesidad de comer caliente, digno, barato, cerca del trabajo y en una hora existe, es urgente y alguien tiene que cubrirla. Pero no es nueva. Muchas de las tabernas del siglo XIX, sobre todo en Cataluña, nacieron como simples despachos de vino y aguardiente a granel y, poco a poco, evolucionaron a base de instalar mesas y sillas para ofrecer al trabajador algo sólido. Así llegaron al siglo XX, con camareros llevando de un lado a otro diez porrones de vino a la vez —sujetos uno en cada dedo—, platos cantados a viva voz y servicios simplísimos y supersónicos. Una parte, más que cocinar, recalentaban lo que el cliente traía de casa en una fiambrera. Ofrecían una silla en mesas que eran casi siempre compartidas, vajilla y cubiertos rudimentarios, y por un tique humilde, añadían pan y bebida. El resto ofrecían un servicio puramente funcional a base de un plato único de una lista corta de guisos consistentes y saciantes. En todas ellas, el trabajador podía comer durante el descanso por muy poco dinero. La frontera natural en este país entre “tienda que vende comida” y “sitio en el que se come” siempre ha sido porosa. La rigidez de la distinción legal entre restaurante y comercio es una convención administrativa del siglo XX, relativamente reciente. El “mercaurante”, en realidad, no es tanto una invención moderna que aparezca de la nada, sino la puesta al día de un mecanismo viejo de alimentación popular. En el panorama internacional, la tendencia dominante ha sido absorber este fenómeno, más que combatirlo en los tribunales. En Estados Unidos, Inglaterra o Italia, los “grocerant” (el padre anglosajón del vocablo “mercaurante”) llevan funcionando con normalidad más de una década como categoría propia. La posición del Gremio de Restauración de defender los intereses de los suyos es más que legítima, pero cabría preguntarse si su problema real son los “mercaurantes” o que una parte creciente de los trabajadores ya no puede permitirse ser su cliente habitual. No parece que enrocarse en la legislación vigente les augure un futuro muy exitoso. A la vista de lo que pasa en el resto del mundo, y de cómo sus denuncias previas por casos parecidos referentes a las zonas de degustación en panaderías no han conseguido que el Ayuntamiento tome cartas en el asunto, todo hace pensar que estamos ante un fenómeno global e imparable que, más que a prohibir, parcelar y sancionar, nos tiene que llevar a un debate ambicioso y estimulante acerca de la vigencia o no de la fórmula del menú del día de tres platos tal y como se concibe hoy; a valorar si es imaginable, deseable o posible un futuro en el que se pueda comer fuera algo preparado en casa el día anterior; y hasta a replantearnos la función misma de los restaurantes. En cualquier caso, hay que pensar en Raúl.