La ecuación de la última guerra en Oriente Próximo empezó con un sinfín de incógnitas a despejar sobre Irán: su poder de resistencia frente a los bombardeos, que fue mayor de lo esperado, su habilidad para recomponer su arsenal militar, también superior a lo previsto, contra todo pronóstico, o su capacidad para cerrar el estrecho de Ormuz, que ha mantenido prácticamente desde el inicio de la confrontación.Hoy, acuerdo mediante, los mayores interrogantes se posan sobre esa lengua de mar, de apenas 34 kilómetros en su punto más angosto pero por la que transita la quinta parte del petróleo y el gas natural licuado (GNL) que consume el mundo: ¿podrán pasar libremente los buques a partir del viernes o habrán de pagar algún peaje? ¿Se lo creerán las armadoras y, aún más importante, las aseguradoras? ¿De verdad se guarda Teherán, como ya ha deslizado, la carta de clausurarlo de nuevo si las cosas vuelven a torcerse en los próximos meses?La promesa ―una de tantas, otra más― del presidente de Estados Unidos es que el estrecho volverá a la normalidad “inmediatamente”. “Estará abierto para todos”, sugirió Donald Trump el sábado. “Barcos del mundo: ¡arranquen motores! ¡Que fluya el petróleo!“, añadió el domingo, cuando el pacto ya era un hecho pese a que Irán seguía sin decir esta boca es mía.A la espera de que sea verdad ―esta vez sí― están más de medio millar de barcos de todo pelaje, de graneleros a cargueros, de petroleros a metaneros, que llevan más de tres meses atrapados en la zona y que deberían ganar pronto el océano Índico. Un alivio para los miles de marineros a bordo de esos buques, algunos de ellos en condiciones que rozan lo inhumano. Al fin una buena noticia tras 105 días de calamidades. Fin, o eso parece, a su calvario.De cumplirse las palabras del republicano, el salto sería de gigante respecto a la situación actual. Aunque en las últimas semanas el doble muro sobre Ormuz estaba siendo mucho más poroso, con decenas de cruces al día, los buques que osaban hacerlo solo tenían tres alternativas: pactar con la Guardia Revolucionaria iraní, salir escoltados por la Marina estadounidense o apagar el transpondedor —para evitar ser detectados— y jugársela. Su esperanza, veremos si acaba sustanciándose, es que a partir del viernes ya no tengan que hacer malabares para atravesar el estrecho.Al filo del veranoLa teórica reapertura llega en un momento crítico. Si Ormuz entraba en el verano aún con el cartel de “cerrado”, los riesgos para la economía mundial se multiplicaban exponencialmente. Las reservas de petróleo, gas y sus derivados (gasolina, diésel, queroseno, fertilizantes...) están tiritando, sobre todo en el sudeste asiático y en Estados Unidos. Europa se aproximaba a la época del año de mayor consumo de combustible para aviones con enormes dudas sobre su capacidad para abastecer a las aerolíneas. Y, si se quieren evitar problemas, el momento de rellenar los depósitos de gas para el invierno es justo ahora: con el tercer exportador mundial de GNL (Qatar) fuera de juego, la empresa se antojaba difícil. Ya no.Si los petroleros y metaneros vuelven a fluir sin trabas desde el propio Qatar o desde Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Irak, Kuwait o Baréin rumbo a Ningbo-Zhoushan (China), Vadinar (la India), Róterdam, Zeebrugge, Montoir-de-Bretagne o Algeciras, el pico reciente de tensión será historia. Vuelta, para bien, a la casilla de salida: adiós a los fantasmas de la segunda crisis energética en lo que va de década —que se dice pronto— tras la desencadenada por la salida de la pandemia y la invasión rusa de Ucrania. Y chute de ingresos para los países del Golfo, que empezaban a enseñar sus costuras.El precio del petróleo de tipo brent, el de referencia en Europa, ronda hoy los 80 dólares por barril, muy lejos de los 120 que llegó a rozar a finales de abril. Un respiro importante que, además, debería ir a más en los próximos meses: a principios de año, cuando las amenazas de Trump sobre Irán aún sonaban lejanas, el crudo rondaba los 60 dólares por barril y, lejos de faltar, sobraba a borbotones. Con Ormuz reabierto, no hay nada que permita pensar en que esos niveles no puedan regresar a medio plazo. Tan pronto como las menguantes reservas estratégicas hayan sido rellenadas.Daños y desconfianzaEl último gran interrogante tiene que ver con el estado en el que se encuentran las infraestructuras energéticas en los países del golfo Pérsico. Algunas han sufrido daños millonarios durante la guerra: decenas de ellas, entre otras el mayor yacimiento de gas del planeta (Pars Sur, a caballo entre Qatar e Irán), han sufrido bombardeos. Varias han vuelto a operar con normalidad. Otras no. Habrá que hacer recuento de daños y comprobar cómo de rápido pueden recuperarse los bombeos.Pese a las muchas incógnitas, los mercados llevan días celebrando los avances que un eventual pacto podría suponer para el normal funcionamiento de las cadenas energéticas globales. Dislocadas por la invasión rusa de Ucrania en 2022, la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel sobre Irán había terminado de sumirlas en una peligrosa incertidumbre que, con suerte, podrán empezar a sacudirse a partir del viernes. Pasarán, sin embargo, semanas, quizá meses, para que el trasiego marítimo vuelva por sus fueros. Solo el tiempo devolverá la confianza a la zona.