La reapertura del estrecho que incluye el alto el fuego aleja el fantasma de una crisis como la de los setenta, pero los interrogantes siguen siendo mayúsculos
Las cinco semanas de cierre del estrecho de Ormuz, la lengua de agua por la que transita algo más de la quinta parte del petróleo y el gas que se consumen en el mundo, habían instalado a los países importadores en un escenario tan inesperado como aterrador: de la noche a la mañana, la producción de los petroestados quedaba completamente fuera de juego. Ese escalofrío, aún mayor que el de febrero de 2022 ―el de la invasión rusa de Ucrania―, pugna por quedar atrás con un alto el fuego aún difuso....
Así lo leen, al menos en parte, el gran canario en la mina: los mercados de materias primas. Aunque cayeron a plomo tras el alto el fuego, los precios del petróleo y el gas siguen claramente por encima de donde estaban la madrugada del 28 de febrero, cuando la dupla Trump-Netanyahu incendió aún más una región, Oriente Próximo, sempiternamente en llamas.
El camino luce mucho más despejado que ayer y aleja el fantasma de una crisis como la de los años setenta. Los casi 190 barcos varados en el golfo Pérsico, repletos de crudo, gasóleo o queroseno ―estos últimos hidrocarburos, más escasos que nunca― deberían enfilar pronto la salida. Rumbo, sobre todo, a Asia y Europa, donde la sombra lejana de los racionamientos empezaba a tomar cuerpo. Un alivio energético y, también, para sus tripulaciones, atrapadas a bordo.








